MONÓCROMO

“El malicioso tiene una felicidad oscura.”
Víctor Hugo.



Todo en mi vida siempre fue una monotonía, lo que se supone que viviría por ser su esclava, cosas que se repetían con la excusa de que me servirá de algo en un futuro.
Mis recuerdos… lo que se supone que soy.
Hasta el día de hoy me parece tan confuso. Nada encaja. No importa cuántas veces lo piense. Y a pesar de eso, con los años me fui acostumbrando a aquella sensación.
Después de todo no tengo opción.
Si su palabra es la que vale.
Pues es él quien conoce el mundo mejor que yo, él es quién sabe lo que me puede lastimar y lo que me puede beneficiar. Su sabiduría es lo que me mantuvo a salvo desde que desperté en aquella fosa. Fue en ese momento que sentí que nacía, no había nada que conociera, era insegura, tenía un lienzo en blanco que hasta la fecha sigue sin tener una justificación.
Y entonces él apareció, con una capa de rojo vino que le cubría todo el cuerpo, el dije de oro en el centro era su gancho, y un sombrero de un tono más opaco ocultaba su rostro, no podía ver más que un par de ojos ámbar resplandecer.
La fosa en la que me hallaba era circular, profunda, con una saliente de rocas que rodeaban las paredes unos metros más arriba, justo a la altura de la puerta, para que así él pudiera caminar sin caer hasta donde me encontraba.
El ambiente húmedo me hacía temblar, y no podía dejar de pensar que algo (además de él) me observaba desde algún punto.
Quería desconfiar, quería buscar una manera de alejarme y salir de ahí. Pero no lo hice.   
Ahora no sé si arrepentirme…
Todo lo que pasó después fue el comienzo de una vida que me hizo lo que soy ahora. Una marioneta dependiente que su creador, alguien que no sirve si él no está.
La fosa se volvió un refugio para mí, o al menos, lo más cercano que conocía a uno. Pues él consideraba un castigo tirarme ahí cada vez que hacía algo malo. Matarme de hambre por días para que ese instinto nazca y así el juicio nublado me diga que hacer para complacerlo. 
Pero cuando erraba de verdad, ni mis súplicas podían detenerlo.
Recuerdo la primera vez.
Cuando aún era ingenua…
El peor error de mi vida fue decirle que no a una orden suya. Claro que, en ese entonces era inconsciente de las consecuencias que eso me traería. Un dolor que ni mi rápida sanación podría aliviar.
Solo bastó que lo hiciera una vez para nunca volver a decepcionarlo. No me gustaba ese lugar cuando él lo moldeaba para aquel tipo de propósito. Era horrible.
Un infierno que jamás desearía que alguien más viva.
Y si te acostumbras a él, al final deja de doler tanto.
Todo gracias a la monotonía.
Pero ahora todo es diferente, esa inseguridad la dejé de lado. Todo lo tengo que pensar de la manera más fría posible antes de si quiera dar un paso. Con la sólida intención de no fallar, de verlo complacido. Es un círculo vicioso en el que suelo salir perjudicada. Nada cambia. Todo es gris. Hasta yo. Lo único que hago es cumplir con sus órdenes. Y puedo salir sólo cuando se me permite. Pero nunca es porque yo lo pida. El mundo de allá afuera es… extraño. Siempre ha sido extraño.
Y eso que generalmente me expongo de noche. Nunca me digné a ver una salida del sol. De algún modo u otro me aterraba toda esa luz.
O bueno, siempre lo he recordado así. En todos estos… ¿años, siglos… milenios?
La verdad no sé cuánto tiempo he vivido a su sombra.
Solo sé que no puedo huir de él aunque quisiera.
Y no quiero.
Pero.
Hubo un día.
Un momento…
Que me hizo pensar que mi vida no siempre tenía que ser así. Que podía hacer algo bueno por primera vez en mi vida, recibiendo por recompensa algo muy reconfortante en mi pecho.
Sólo tuve que conocer a ese ser para estar totalmente segura de ello.
Porque era especial.
Lo era para mí.
Esa noche había luna llena. Un cielo despejado que brindaba un perfecto panorama de lluvia de estrellas con nebulosas de diversas tonalidades.
Había salido a lo de siempre. Hacia el enorme bosque que rodeaba el monumento medieval en el que me alojaba con él. El pasto era suave bajo mis pies descalzos, los cuales un largo, pero simple vestido negro los cubría, así como mis manos eran ocultos por las largas mangas que caían como gotas de tinta negra, el cuello no lo tenía expuesto, esa vestimenta me lo cubría. Sobre él, un poncho de un violeta tan opaco que casi era gris. Así como mi piel, pero esta era pálida, muy pálida. Mi cabello era una especie de difuminado de gris claro y negro, amarrado en dos coletas que me llegaban hasta los codos, estás parecían terminar en gotas de tinta que caían cada cierto tiempo. Mis ojos eran negros. O eso recuerdo la vez que me vi en un espejo hace ya varios años.
Mi instinto me guio hacia un claro en el bosque. Pude notar que en el fondo nacían cerros, tan hermosos y siniestros.
El enorme pastoral se abría a mí alrededor. Rodeada de grandes árboles. Era lindo así, cuando no había nadie. 
Pero esa paz no era bienvenida para mí.
Sentí la presencia de a quién buscaba a los pocos segundos, se acercaba muy rápido desde el oeste. Pero me alertó saber que alguien más venía consigo. Eran dos. A lo lejos observé cómo las ramas de unos arbustos se agitaban abruptamente. Dando pase posteriormente a lo que parecía ser un niño de 14 años. Lucía, asustado.
Pero no me importaba.
No cuando mi centró de atención hizo presencia detrás de él.
Y ahí estaba mi monstruo. Sin ojos, pero con un fuerte sentido del olfato y unos afilados dientes que sobresalen de su boca. Iba en cuatro patas, las cuales poseían garras grandes. Su tamaño era inmenso.
Entendía por qué aquel niño lucía tan asustado.
Pero tal parecía que esta noche me tocaba ser su heroína. Aunque su alma no era lo que él quería. Mi prioridad era la bestia que se me quedó mirando desde que apareció, dándole la oportunidad a aquel individuo de esconderse entre una maleza.
La criatura gruño, su pelaje se erizó. Era una advertencia, me dice: “Lárgate, este es mi territorio”. Pero puedo percibir su miedo. Sabe lo que soy, por eso está a la defensiva.
Y no me muevo de mi lugar.
Eso lo enfurece más.
Raspa las garras de su pata contra el césped, preparándose, hasta que se impulsa y empieza a correr en dirección mía. Yo me quedo fascinada con su velocidad a pesar de su gran tamaño. Y su pelaje, la luna provoca en él un brillo verde agua excepcional. Es una lástima que tenga que desperdiciar un espécimen como aquel.
No hay misión que me complazca a mí, sino a él.
A unos metros cerca da un salto, preparando sus garras para atacarme. Gracias a mis reflejos logré esquivarlo, y me preparé para intentar hacerle un corte con las largas mangas de mi vestido en el costado derecho de su vientre, pero apenas y corte unos cuantos pelos en el acto.
Y no es porque haya fallado.
Él se movió.
Como dije, estoy fascinada con su velocidad.
Si pudiera, sonreiría. Pero solo puedo abrir un poco mi boca y en mis ojos expresar sorpresa.
La criatura aúlla de dolor, el corte fue leve además de que creo que apenas puedo visualizarlo. Bien no es por presumir, pero si se trata de mi ataque hasta el más mínimo raspón puede causar un ardor que la peor de las quemaduras resulta solo una canción de cuna.
Lo sé porque hay momentos en que me lastimo sin querer, ni mi rápida sanación es capaz de aliviarme el tiempo que acostumbro a recuperarme. Es simplemente molesto.
Volviendo a mi asunto actual.
— ¡Cuidado!
Creo que volví a distraerme otra vez, pues la bestia va a arremeter contra mí una vez más, ese ardor de mi corte parece que le nubló el juicio, lo cual lo vuelve más peligroso. Demonios. Últimamente él me está enviando a recolectar almas demasiado complejas para mi gusto. Pero si intento replicar al respecto me ganaré una temporada más en la fosa modificada. Y no quiero que Pusax Challwan pase un rato con su juguete favorito, siempre le ha gustado jugar rudo. Lo odio.
La bestia está muy cerca, intento esquivarlo con un salto, pero antes de alejarme de ese modo la criatura gira en el último segundo y con fuerza me golpea con su cola, enviándome a una gran velocidad a impactar contra un árbol. Partiendo este a la mitad.
Ese dolor, es igual al de los látigos.
Y ese sonido. No había sido yo.
Alguien me había gritado a lo lejos: “Cuidado”.
Abro mis ojos. Y lo veo. El individuo que la criatura perseguía desde un principio aún estaba aquí, en la misma maleza en la que creí que se había ocultado con la intención de escapar posteriormente.
Si él fue el que gritó, al menos sirvió de algo.
La tierra tiembla bajo de mí. Levanto la vista, la bestia está corriendo hacia mí sin la más mínima señal de querer detenerse. Hace saltar las rocas en el acto, gruñía de ira. Fruncía su ceño, estaba más que fúrico.  
Yo no me inmutaba.
A tan solo unos segundos de su impacto, como si de hielo al sol se tratase, mi cuerpo se volvió tinta negra pura. Evitando que el ataque de la bestia me destruya y en lugar de eso impacté contra el árbol en el que reposaba, o al menos, lo que quedaba de este.
No soy inmortal, a pesar de los años que tengo viva. Puedo ser vulnerable con ataques letales.
Al momento en que aquella mancha negra que conformaba mi ser cayó al césped no desaproveché oportunidad, tome control y me deslicé lo más lejos que pude de aquel animal, el cual parecía aturdido. Volviendo a tomar mi forma original cuando me sentí segura.
Hacer algo como esto me debilita. Pero no tengo muchos recursos para usar como defensa.
Inhalo y exhalo todo lo que puedo.
Me recupero rápido, volviendo a mi pose de alerta. Veo como la bestia agita su cabeza de un lado al otro después de tal impacto, soba su cara con una de sus patas, gimiendo de dolor.
En eso voltea  a verme. Gruñe de nuevo.
En aquel instante podía ser capaz de jurar que de sus ojos salían destellos. Su pelaje se erizaba. Y su cuerpo temblaba, pero de ira.
Entreabrió su boca, solo para dejar escapar una especie de líquido verdoso que parecía emanar humo. Luego de lo que pareció un carraspeo grave, lo escupió, derritiendo el pasto y parte de la tierra que hizo contacto con aquella masa líquida.
—Bien, eso es nuevo —susurré.
Después de lanzar un rugido, la bestia comenzó a correr hacia mí nuevamente. Di un respingo. Las largas mangas de mi vestido comenzaron a derramar tinta, clara señal de que estaba entrando en pánico. Por el rabillo del ojo vi un montículo de rocas a unos pasos de mi posición actual, una de ellas parecía ser más grande que la palma de mi mano.
Lo cual me dio una idea.
Tome una de ellas, envolviéndola con la tinta negra, no sabía si ese pequeño plan funcionaría, pero necesito despistarlo para poder planear mi siguiente movimiento.
Y no hay mucho tiempo a la velocidad en la que la bestia se me acerca.
Pues al momento de dirigirme hacia él nuevamente descubro que está a tan solo unos pasos míos. Rápidamente lanzo la roca, y con un poco de suerte esta cae en su pata. La criatura se tropieza, y esta vez lanza un aullido más fuerte que cualquiera que haya escuchado de él antes, sus ondas sonoras eran tan intensas que me obligaron a taparme los oídos, pues sentía que en cualquier momento estallarían.
Debido a eso no me fije que a causa del tropiezo aquel animal había caído en ese forraje pavimento, su velocidad obligó al enorme cuerpo arrastrar su lomo, levantando pasto y tierra en el acto. Se acercaba a mí peligrosamente, no podía detenerse.
Cuando me di cuenta, no había opción de escape.
No había sido el mejor de mis planes, porque el que la bestia exhale un aullido tan potente que ni mis oídos toleren era una contingencia que no pronostiqué. Me sentía muy decepcionada de mí misma.
Y creía que ese sería mi fin.
Pero nuevamente alguien grita.
—¡Cuidado!
Apenas volteo hacia un costado y me doy cuenta de que el individuo que se la hacía de espectador se había abalanzado hacía mí en el último instante. Empujándome hacia un punto en el que la bestia no logre impactar contra mí.
Me había… salvado en cierto sentido.
Ambos nos tambaleamos y terminamos en el suelo, entre las hierbas. Me reincorporo con mis brazos solo para descubrir que la criatura había tenido una fea caída, se encontraba tirada a unos metros de nosotros, no se movía. Incluso podía ver el humo salir de su cuerpo.
Pero sé que no está muerto.
—Cielos, eso fue duro. ¿Te encuentras bien? —Una voz juvenil me habló. Era el individuo. Al mirarlo descubro que en efecto, era muy diferente a mí.
Creo que lo espanté un poco, pues parecía sorprenderse cuando vio mi rostro.
No me detengo a verlo por más tiempo, pues otra cosa llamó mi atención. La bestia, se removió de su posición, parecía que pronto regresaría de la inconsciencia.
Lo oigo gruñir por lo bajo.
El individuo a mi costado suelta un respingo.
—Rayos, creí que ese había sido el definitivo —Supongo que hablaba de la criatura—. Rápido, hay que irnos lejos de esa cosa —Me ayudó a levantarme sosteniendo mi brazo, luego bajo hacia la manga de mi vestido, en donde se supone estaría mi muñeca y me jaló para trotar hacia un punto de ese bosque en el que la bestia ya no esté a nuestra vista.
Tal vez el dolor no está en sus sentidos, o algo le pasa a mis mangas, probablemente este demasiado débil. Pero me doy cuenta de que tocarme no le afecta en lo más mínimo.
Debió quejarse de una horrible quemadura desde el primer roce.
Estoy desconcertada.
Y por primera vez le presto atención.
Su piel brilla, es… de un tono rosa pero podría confundirse con uno amarillento. Jamás vi algo así. Su cabello es plomo, no es negro como el mío, pero es fácil diferenciarlo pues es corto, ondulando y con fleco. Porta una especie de bufanda celeste claro, y un chaleco verde agua opaco, casi gris, debajo de este, un polo blanco de manga larga que le llega hasta los codos. Usa unos guantes negros que descubren sus dedos. En su cabello, reemplazando lo que sería una vincha, diviso unas gafas grises de lente transparente. Usa unos pantalones anchos que finalizaban hasta un poco más debajo de su rodilla, color azul oscuro, con un par de bolsillos sobresalientes. Y unas zapatillas opacas con toques verdes del mismo tono.
Sabía que existían otros tipos de individuos además de mí y él, pero jamás imaginé que haría contacto con uno de ellos.
De todos modos, está retrasando mi misión. Y no tengo permitido volver después del amanecer.
—Alto —Gire un poco mi muñeca para ser yo la que tome la suya esta vez, me detuve y él conmigo.
—¿Por qué nos…? —Volteó a verme, en ese momento me doy cuenta de que tiene ojos celestes. Estaba por formular una pregunta pero se detuvo. Tragó saliva. Extraño—. Duele.
—¿Qué?
Lo escucho aullar levemente, frunce sus labios. Vuelve a pasar saliva.
—Duele.
No expreso emoción alguna, pero me siento confundida.
—¿Qué es lo que duele? No te muestras lastimado.
—Es… tu agarre —Con su otra mano señala la mía, o al menos, forma que muestra la manga de mi vestido. Creo que estoy apretando demasiado.
Ahora lo entiendo.
Lo suelto para que después el individuo suspire aliviado, y pose una mano en su muñeca.
—Cielos, eres muy fuerte —dijo, aún adolorido.
Yo no supe que contestar.
—Un “Lo siento” no está de más —volvió a tomar la palabra. Mirándome con reproche.
De nuevo, estoy confundida.
—¿Cómo? —preguntó.
—Ya sabes, “Lo siento”. Una de las palabras mágicas —Luego entrecierra los ojos, mirando hacia otro lado, como si estuviera meditando una situación—. No espera, esas eran “Por favor” y “Gracias”. Qué bruto —se dijo a sí mismo.
Suelta una carcajada, se está riendo. No tiene sentido. Cometió un error al hablar inconscientemente y luego se ríe al descubrirlo. ¿Quién hace eso?
En eso suspira, aún con esa sonrisa. Pasa una mano por su nuca, se rasca. Cierra los ojos.
—Pero creo que empezamos con el pie izquierdo —Me mira. Parece amable—. Luces tímida. Me presentaré primero —Levanta su brazo, con la mano extendida hacia mí—. Hola, me llamo Dakota y es un placer conocerte.
—¿Co… nocerme? —Muy bien, usa palabras que casi no escuchaba.
Me mira ansioso.
—¿Y tú eres…? —pregunta, aún con la mano en el aire.
¿Quién era yo?
En mi vida me puesto a pensar al respecto.
Sus palabras me tomaron desprevenida. Es verdad, no recuerdo tener un nombre propio. O al menos él jamás me había dado ese tipo de denominación desde que desperté en la fosa. Siempre eran órdenes claras, empezando por un “Tú” y luego su argumento. No hubo una palabra que frecuentara para mí además de…
—Amaru…
—¿Cómo?
Creo que fue la única vez que me dio una palabra peculiar para así ser llamada. En ese entonces habíamos recibido un invitado del cual me tenía que encargar. Estaba yo sentada en el sofá del salón principal, frente a la víctima de ese entonces, un hombre de tercera edad que parecía no creer a quién tenía en frente. Y él, detrás de mí, alzándose orgulloso me tomó por los hombros y dijo: “Finalmente encontré al Amaru, me pertenece y es leal”. Fue hace varios años, pero luego de haber dicho esas palabras me lancé al individuo sin piedad para tomar su alma, dársela y así complacido sonrió.
—Creo que soy Amaru.
—Bien, jamás escuché ese nombre. ¡Pero me gusta! —No lo pude haber imaginado. Sus ojos brillaron—. Hola Amaru, soy Dakota y es un placer conocerte —Me di cuenta de que aún extendía su brazo.
—Ya lo dijiste.
—Lo sé, pero ahora lo vuelvo a hacer —Sonrió de medio lado—. Ahora es tu turno.
—¿De qué?
—¿No es obvio? ¡Pues de contestar el saludo! —Me miró extrañado—. ¿Acaso no sabes cómo saludar?
—Algo así —Dirigí mi mirada hacia el césped y luego la devolví a él.
—Entonces hazlo. Solo tienes que estrechar tu mano contra la mía y decir lo mismo que yo. Así de sencillo.
No. No lo era.
Pero tenía una ligera idea de lo que ese individuo quería que hiciera.
Además, el piso está vibrando desde hace rato.
Levanté mi brazo izquierdo, mi mano no se divisaba bien pues las mangas de mi vestido lo cubrían. Entonces sostuve la mano contraria, esta vez hice mucha menos fuerza en el agarre pues es notorio que trato con una criatura débil.
—Eh… —Intenté recordar lo que dijo—. Hola Amaru, soy Dakota y es un placer conocerte.
Este solo se quedó ahí.
Yo solo observé como lentamente sus labios se expandían, deformando su cara, hasta terminar en una media curva, mostrando sus dientes y la cavidad bucal abierta. Ya sabía lo que pasaría, y me siento más confundida que antes. Pero luego de lo que me pareció una eternidad esperando, ese individuo terminó por soltar una fuerte carcajada. Cerrando sus ojos momentáneamente. Luego le siguieron más risotadas. Aún con su mano sosteniendo la mía.
Y no parecía querer detenerse.
—Vaya, cuando te pedí que dijeras lo mismo que yo no me refería a eso —Apenas parecía poder hablar, lo hacía entrecortado, pues sus risas no le permitían articular palabras seguidas—. Sino de que dijeras tu nombre y luego el mío.
Ahora yo quedé como una tonta.
Pero no me siento avergonzada.
—Me disculpo.
En eso dejo de reír. Suelta mi mano y se limpia un pequeño líquido que quiso brotar de su ojo.
—Así que sí te sabes disculpar —musitó.
El piso vuelve a vibrar, más fuerte.
—Sé cuándo debo hacerlo.
Me mira. Asiente y suelta una “M” sostenida, solo por unos segundos. El viento hace que su bufanda se ondee. Su fleco se revolotea.
—No eres de por aquí, ¿verdad? —Ahora empieza un cuestionario, mientras se sienta en el pasto—. Yo vengo de un pueblo por la altura del cerro Kei. ¿Tú… eres de algún otro continente? —Plasma esos grandes ojos azules con curiosidad sobre mí—.  Porque jamás había visto un Monocromo como tú.
—¿Perdón qué? —Arrugué mi ceño.
—Un Monocromo, así les decimos a los que portan un solo color, aunque sea de diferentes tonalidades. Tú pareces uno negro. Jamás había visto algo así, muchos lucen de rojo, verde, hasta amarillo. Tú no.  
Fue cuando decidí a sentarme frente a él. Esta conversación se tornaba interesante.
Debía hacer tiempo.
El piso vibra más fuerte.
—No sabía de eso.
—Se ve que no sales de casa —Su comentario parecía tener humor, pues no percibí ni un dejo de seriedad—. En mi caso porto más de un color, aunque mi cabello es negro me consideran igual un Polícromo —Bajó la mirada, ahora percibí melancolía—. Mamá suele decir que no quedan muchos como yo.
—Tú brillas —dije al fin, pues era un detalle que me llamaba mucho la atención.
—Pues sí, se supone que eso hacen los Polícromos —Lo que decía parecía obvio, al menos para él—. ¿Jamás viste a alguien con un brillo natural? —Cada pregunta que hacía, lo hacía sin poder creerse sus palabras. Como si hubiera hecho un fascinante descubrimiento.
—Algunas veces, pero nunca alguien con más de un color. Por eso estoy intrigada, sorprendida.
Parpadeó.
—Pues ni siquiera pareces estarlo. No levantas las cejas, o abres más tus ojos, nada. Si no te conociera diría que eres un robot. Uno muy gris.
—Me disculpo por eso —Me incliné hacia adelante, como una pequeña reverencia. Saber que hay cosas de mí que hacen que lo confunda me hace sentir mal.
—Nah, no importa. Eres un tipo de persona excéntrica, y eso es agradable. Me hace no sentirme solo.
—¿Por qué?
—Porque en donde vivo me dicen cosas como: “Colorido”, “Niño arcoíris”, entre otros más. Solo porque porto más de un color. Y no es mi culpa que así sea mi naturaleza —Llevó una mano hacia su pecho, volvió su melancolía.
—Pues yo soy de un color si se podría decir. No veo que sea diferente.
—Eso es porque eres muy oscura, literalmente —Sonrió de medio lado. Valla que cambia rápido de emociones—. En donde vivo jamás se ha visto un monocromo así como tú, y menos con esas habilidades. ¿Qué onda con volverte una masa líquida negra? ¡Esto está bacán!
—¿Te… lo agradezco?
La tierra volvió a vibrar. Está cerca.
—Jamás he visto ese tipo de habilidad. Ni siquiera con las bestias.
Yo ya no hablé. En realidad tenía mucho por decir.
Pero su presencia me alertó, y no podía perder su atención. A paso sigiloso se aproximaba a nosotros. Unos metros más y nos alcanzaba. Por fortuna estaba justo detrás de mí. Si todo salía bien, no tendría que sacrificar al individuo llamado Dakota, pues no sabría qué hacer con su alma, él sólo me pidió la de la bestia.
Podía escucharlo respirar. Gruñir por lo bajo. El cómo las pequeñas ramas bajo sus pies se quebraban con sus pasos.
Y era increíble que el individuo delante de mí no lo notara.
—¿Oye qué pasa? —Me miró con un dejo de preocupación—. Desde hace rato no dices nada.
No sabía que era lo que tenía que hacer con él, solo me dejé llevar.
—Aléjate.
—¿Qué?
—Aléjate, aléjate más. Por favor —En casos como este, era imposible alarmarlo. Podía desviar la dirección de la bestia.
—Bueno —Me hizo caso, se levantó y se posicionó a unos metros de mi ubicación. Volviéndose a sentar. No creo poder hacer más por él—. Si se trata de tu espacio personal debo aclarar que te tardaste solo un poquito en darte cuenta de lo cerca que estaba d…
Rompió las ramas de los arbustos y quebró un par de árboles que anteriormente habían sido su escondite, enviándolos a volar por los aires al mismo tiempo que las rocas. Saliendo de un salto, extendiendo sus garras, mostrando sus colmillos. Escurriendo de su boca ese líquido verde que derretía todo. La bestia hizo su presencia. Todo en cámara lenta. Con la intención de caer sobre mí y atraparme entre sus fauces.
Lanzando un fuerte rugido que estremeció todo el bosque.
Pero lo tenía justo donde quería.
Oí un grito de sorpresa provenir de Dakota.
En el último instante mi cuerpo se volvió a disolver en esa tinta negra, evitando una vez más que la criatura vuelva a cumplir su cometido pues aunque su peso haya caído sobre mi líquido cuerpo, logré escabullirme lejos de él. Con velocidad tome postura, respirando agitadamente. La criatura me observa y gruñe.
No me demoro en juntar mis manos, para que las mangas negras de mi ropa se unan en un largo filo. Levanto la cuchilla hasta un costado de mi rostro, preparándome, la bestia se agacha en posición de ataque.
Suspiro.
Me impulso, él también.
Con velocidad nos acercamos dispuestos a acertar nuestros golpes. Mi innovada espada cortaba el césped con su punta cada que avanzaba, y sus colmillos podían romper la tensión en el aire. Al estar lo suficientemente cerca de su presencia alcé mi arma con fuerza, ahora todo sucedió tan rápido; fue en el momento en el que corte parte de su costado que él me rasguño mi vientre. Y la fuerza de los golpes nos alejó nuevamente.
Dolía bastante. Mi cuerpo se tambaleaba. Pero no me detuve.
Mis manos aún estaban unidas. La bestia parecía distraía con la reciente herida provocada por mí.
Era la oportunidad perfecta.
Mi pie giro un poco, la firmeza en mis brazos aumentó, fruncí el ceño.
Y lo vi.
El corte en su costado, sangraba.
No podía dejar de verlo. El rojo carmín que caía hasta perderse en su vientre en finas líneas.
Me quedé embobada.
Jamás me di cuenta cuando fue que volví a emprender carrera, solo me descubrí apuntando el filo hacia su herida. Con determinación, sin ni una pisca de remordimiento. Apretaba tan fuerte mis dientes que podía escucharlos chillar. No era capaz de gritar cada vez que me lastimaban, esa se había vuelto una impotente costumbre en mí.
No le di tiempo de reaccionar a la bestia.
No me di tiempo de pensar.
Solo vi su sangre y actué.
Me dejé llevar.
A mí alrededor todo se volvió rojo, los árboles, el pasto, los arbustos, el cielo, mis mangas. Entonces lo olfatee, ese olor metálico que siempre me embriagaba, inundando mis fosas nasales como si de un dulce olor se tratase. Me encantaba. Era una adicción. Él me dijo una vez que había desarrollado la sinestesia, y tiene razón, pues pareciera como si ese aroma me alimentara después de un siglo sin comer. Lo deseaba ni bien lo percibía. Me hacía sentir bien.
Viva.
—Amaru…
Como si al cumplir una injusta cadena perpetua la muerte sea mi liberación.
—¡Amaru!
Era algo increíble. En esos momentos me desconocía totalmente así como a todo lo que me rodea. Solo lo disfrutan.
Cortaba.
Olfateaba.
Cortaba más.
Olfateaba más.
Seguía cortando.
Seguía olfateando.
—¡Deja de hacer eso, él ya no se mueve! —gritó una voz.
—¿Eh?
Un agarre en mi brazo llamó mi atención. Parpadee. Mi boca entreabierta y mis ojos perdidos seguían viendo rojo.
Pero sentía que algo rodeaba mi muñeca con fuerza.
—Amaru, responde —Creo que la voz lanzaba pequeños gemidos al hablar, no eran de dolor… ¿tristeza?
Mi cabeza se movió.
El viento frio me toco.
Y en todo ese rojo divisé un par de esferas azules. Intensas.
Parpadee otra vez.
No. El rojo se iba. El olor se desvanecía.
¿Eso fue un sollozo?
Un último parpadeo.
La bestia se hallaba inerte, tumbada, con casi todo su cuerpo teñido de rojo, pues la sangre de muchos nuevos cortes decoraba su anatomía.
Yo me encontraba sentada frente a él. Al menos, sentía las picaduras del pasto en mis piernas.
—Oye.
Mi visión se aclara más. Esas esferas azules, al parecer se trataban de los ojos de Dakota.
Los veo empañados, con esa especie de agua escurrir por sus mejillas.
—¿Amaru?
Lo ignoré. Voltee a ver a lo que parecía ser el cadáver de la bestia que perseguía.
Al final lo logré. Él se sentirá orgulloso.
—Eso fue extraño —Lo oí decir.
—¿A qué te refieres?
Me miró nervioso.
—Digo. Es cierto que me salvaste la vida. Pero tal vez no era necesario matarlo —Desvió la mirada.
—Ese era mi propósito desde el principio.
Abrió más sus ojos, estaba sorprendido. Quería decir algo, pero las palabras parecían atragantarse antes de siquiera salir. Pero al final logró pronunciar una sola sílaba.
—¿Qué?
En eso un brillo llamó nuestra atención, una esfera rojiza en forma de lengua de fuego brotaba del pecho del cadáver de la bestia. Alzándose lentamente en el aire.
Y ahí estaba el premio.
—Esa es su alma —susurró Dakota.
Yo no perdí el tiempo. Levanté mis manos y sostuve aquella esfera, evitando su cuso hacia el otro mundo.
—¿Qué haces? —me preguntó.
—La necesito.
—¿V-vas a confinarla? —preguntó temeroso.
—Así es. Es vital para mí.
—¡No! ¡No puedes hacer eso! —Su reciente elevación de voz me tomó por sorpresa.
—¿Por qué?
—Esa alma no descansará en paz.
—No me importa. Si no se la doy él no me perdonará.
—¿Y quién es él? —sonó firme.
Yo solo tragué saliva.
Me incliné despacio para después reincorporarme. Cuando ya estaba de pie comencé a alejarme de Dakota a paso apresurado. Parece que su sola presencia comenzaba a perturbarme. Me sentía agobiada que era prácticamente imposible no jadear. Quería irme ya, hacer como que nunca lo conocí.
—¡Amaru, espera!
Lo escuchaba acercarse. Yo deseaba alejarme.
No lo quería cerca.
—¡Espera, por favor!
Antes de que siquiera me tocara el hombro. Inhalé profundo. Y en un dos por tres tenía uno de mis brazos extendido hacia su cuello, con mi manga vuelta una larga cuchilla. Mi otra mano sostenía el alma, la cual flotaba cerca.
Él levanto sus manos como acto de reflejo. Pero podía jurar que de sus ojos no había una sola pisca de miedo.
Eso no me gustó.
—Escúchame. No quiero terminar por matarte a ti también —comencé mi amenaza—. Así que espero que te alejes, vuelvas por donde viniste y hagas como si esto nunca hubiera pasado.
—¿Y olvidar todo lo que pasó?
—Así es.
—¿Y te parece algo tan fácil de hacer?
—Puedo vivir con ello.
—¡Pero yo no! —Frunció el ceño.
Yo no baje el filo de su cuello. Y él no se inmutaba.
—¿Por qué eres tan extraño? —pregunté al fin.
—Creo que esa sería mi pregunta —Mantenía sus brazos levantados—. Tú no eres igual a otras personas que yo haya conocido. Y la verdad, aunque hayas hecho esa atrocidad hace rato, no me pareces alguien que sea lo suficientemente cruel como para matarme.
—¿Cómo estás tan seguro? —Creo que nunca había sonado más ansiosa.
—Ya lo hubiera hecho desde hace rato —sonrió, pues no había manera de refutar—. No eres alguien mala. Solo una persona con serios problemas de interacción social —bromeó.
Sus palabras me cayeron como un balde de agua fría. Pero tenía mucha razón. ¿Por qué en vez de intentar intimidarlo no le corté el cuello? Ya lo hice muchas veces antes. ¿Por qué con él no?
¿Qué era él exactamente? ¿Por qué irradiaba esa seguridad que parecía ahuyentarme? No lo quería.
—Aléjate de mí. Eres raro y haces que me desvié de mi verdadero propósito.
—Todos pueden desviarse de su verdadero propósito —No se rendía—. Dime, ¿tú de verdad quieres confinar esa alma en vez de verla liberarse?
Parpadee. Con mi boca abierta y las palabras atragantadas en mi boca. Lo detesto. Un simple individuo era capaz de dejarme sin una respuesta concreta. ¡Lo detesto!
—Yo… jamás me puse a pensar en ello.
—Cielos… Y… ¿Si quiera has visto a un alma liberarse?
—No.
—La verdad, yo tampoco —Lo miré sorprendida—. No hay muchas muertes en donde vivo —Qué afortunado—. Pero si me das la oportunidad, ambos podremos hacerlo. Ver lo que dicen que es el acto de liberación más hermoso que no siempre podrás apreciar.
—No puedo hacerlo, él me matará si no le traigo el alma.
—Le tienes mucho miedo —La mirada vacía que le doy es una afirmación—. ¿De verdad?
Él jamás se tienta al corazón. Además, lo conozco desde siempre.
—¿Es un pariente tuyo?
—No… —susurré.
—¿Tu vida depende de él?
—Es… más complicado que eso.
No dijo nada después. Solo se quedó ahí, apretando sus labios, expresando en sus ojos total preocupación, entonces lo volví a ver, la determinación en su mirada que tanto me aterraba. Entonces, sus manos comenzaron a ascender con lentitud hacia la cuchilla, sosteniendo con suavidad el filo, procurando no lastimarse. Desde ahí no se movió, ni trató de hacer que bajara el arma. Solo inhaló profundo, cerro sus ojos, para después exhalar pesado.
Se tomó su tiempo antes de volver a hablar.
—Yo por el alma.
Algo en mi pecho comenzaba a punzar.
Estaba impactada. No esperaba algo así.
—¿Cómo?
—Que puedes liberar el alma y te prometo que te daré la mía a cambio. Así no regresarías con las manos vacías y… él no se molestaría —habló con un dejo de tristeza, pero la firmeza que gobernaba su hablar me decía a gritos que no estaba en sus planes retractarse.
Era increíble. Había logrado captar, en parte, mi situación actual; y aun así no se alejó, pretender atravesar fronteras que ni yo cruzaría por una simple alma. Una simple alma.
—¿Quieres tomar el lugar del alma de una criatura que trató de matarte? —Seguía sin creérmelo.
—Sí. Sólo libérala y dejaré que me mates después.
Mi firmeza disminuyó. Mi ceño se ablandó. Por todas partes lo busqué, desde sus cejas hasta en la más mínima expresión de sus labios. No había nada. Ni un tinte de mentira en él. Ni una señal que me dijera que solo era una farsa. Otra vez vuelvo a entrar en pánico. Nada tenía sentido. Siempre había tenido la habilidad de captar la falsedad de una persona, es algo que alguien como yo descubre con mucha facilidad. Pero con él es todo lo contrario, no puedo encontrarla. Sin importar qué tanto lo analice. Lo cual solo me deja dos opciones.
O es muy bueno mintiendo.
O en realidad es lo más honesto que haya podido decir.
Sin darme cuenta mi brazo en el que portaba la cuchilla había descendido, con sus manos aun sosteniéndola.
No sabía qué pensar. Pero quería confiar en la segunda opción.
—Fue porque tú lo pediste —musité.
La punzada en el pecho aumentó.
Él solo asintió.
La cuchilla desapareció siendo reemplazada por las largas mangas del vestido negro. Mantenía la mirada serena, pero por dentro era un remolino de emociones que con cada sacudida parecía derrumbarme. Por instinto, llevé mi otro brazo en el que sostenía el alma a la altura de mi pecho, colocando mi mano libre debajo de la primera, tenía la necesidad de actuar lo más delicado posible con aquella esfera que reposaba en mis manos. Extendí los brazos hacía adelante. En frente de él.
Después de unos segundos más, Dakota se decidió por sostener mis manos con las suyas mismas. No sé por qué, pero no me sorprendió que lo hiciera. Aunque no ignoraré esa descarga que recibí al sentir su contacto. Al levantar mi mirada solo lo veo sonreír.
—Creo que será un gran espectáculo —No parecía asustado, solo tranquilo—. Y tus manos son demasiado frías —Se rio por lo bajo.
Yo me quedé callada. Sin comprender qué es lo que estaba haciendo.
Si hubiera respondido a su pregunta, hubiera dicho que sus manos eran muy cálidas, agradables.
Pero no dije nada. Creo que estaba asustada.
Y la punzada seguía creciendo.
En eso descubrimos que el alma empezaba a brillar, siendo rodeada por una estela rojiza con ciertas chispas amarillas. Haciendo un precioso contraste mientras se nos iban de las manos. Alzándose dichosa. Otorgándonos su luz. Parecía como si estuviéramos frente a una fogata flotante.
¿Era mi imaginación o acaso las estrellas estaban brillando más que de costumbre?
El brillo era reconfortante. Y el alma se quedó suspendida por unos segundos más, segundos en los que ni Dakota ni yo pudimos despegar los ojos de esta.
En eso, por un instante su luz parpadeó tan intensa que tuve que cerrar mis ojos en ese lapso. Cuando los volví a abrir, esparciéndose en pequeñas pero resplandecientes partículas, el alma desvanecía su forma. Comenzamos a ser rodeados de luces amarillas que flotaban sin rumbo alguno, como si de cientos de luciérnagas se tratasen. Acaparando el área del bosque en el que nos encontrábamos. Quitando sus sombras. Acogiéndonos con solidaridad. Incluso podía oír las chispas mágicas de sus movimientos, el parpadeo de su luz. Eran tantas que ni yo misma recordaba cuándo había sido la última vez que percibí este resplandor.
Sinceramente, era lo más sensacional que vi en toda mi vida.
Tanta luz. Tanta paz.
Casi como lo que percibí en los ojos de Dakota.
Lo había olvidado.
Cuando me volteo para verlo, descubro que él estaba a unos pasos lejos de mí, sonriendo de oreja a oreja, mirando cada esfera de luz cuya vista podía captar. Levantaba sus manos, para que algunas de esas esferitas cayeran en sus palmas y con un pequeño impulso las ayude a ascender hacia otro rumbo.  
Sus ojos azules poseían un brillo excepcional. De total felicidad y dicha. Brillaban a tal punto que posteriormente unas pequeñas gotas de agua se escaparon, resbalando en una de sus rojas mejillas, así, finalizando el recorrido en su barbilla, perdiéndose en esta.
Rápidamente se la borró con uno de sus brazos, frotando sus ojos un par de veces.
Lo volví a ver dibujar una sonrisa en sus labios.  
Las luces flotaban, dirigiéndose hacia el cielo nocturno. Algunas chocaban con las ramas y las hojas de los árboles. El viendo las mecía majestuosas, en una danza natural perfectamente coordinada que me obligó a desprenderme de la realidad por unos segundos. En lo personal, jamás me detuve a observar algo así. Fue algo muy reconfortante.
Dakota se acercó hacia mí cuando las luces se alejaban más, ascendiendo a grandes alturas, balanceándose, parpadeando su brillo. No podíamos perdernos ni un solo instante de su presencia. Parecía que perdían tamaño mientras más se elevaban. Todas se alzaban sin detenerse. Formando ahora parte del cielo.
Tomando lugar junto a las estrellas, acompañándolas en su espectáculo nocturno junto a la luna. Suspendidas en el firmamento de azuladas nebulosas. Brillando aún más que antes. En un camino de luces que se perdía a lo largo del cielo. Todo despejado, sin una nube que nos quite un pedazo de vista de lo que alguna vez fue un alma que sostuvimos en nuestras manos.
El concepto de magnífico, sensacional o incluso hermoso se quedaba atrás.
Y por unos momentos quise sonreír.
—¿No te parece irónico? —Su voz me obligó a verlo, dándole pase a continuar su relato— Pareciera como si se dirigieran hacia el Hanan Pacha… pero en realidad es un viaje para llegar hasta el Uku Pacha, lo cual se supone que está debajo de nosotros, ¿no? —Sonrió de medio lado.
Bajé un poco la mirada, no hacia el suelo, en realidad meditaba más en una buena respuesta.
—El mundo del más allá es algo que nunca podré entender —Parecía más bien que me lo estaba diciendo a mí misma.
—Sí… —Su tono de voz me alarmó— Bueno —Extendió los brazos, exponiendo su pecho ante mí—, ya puedes hacerlo.
—¿Te refieres a que…?
—Mi alma por la suya —Hizo una mueca con sus labios, tratando de sonreír—. Ese fue el trato.
Abrí más mis ojos, mirando hacia la nada pero al mismo tiempo a él. Di un paso hacia adelante. Después de todo sí hablaba en serio, pero si esto era para evitarme la fosa modificada, pues sería con una gran pena. Alcé mi brazo, formando nuevamente la cuchilla negra que se sostenía en la manga negra de mi vestido. Dakota solo cerró sus ojos. Sabía que sería su fin. A mí me parecía lo más triste que pudiera haber hecho en mi vida. No era la primera vez que mataba a alguien, pero siendo honestos, no pudo haber encontrado una mejor solución. Supongo que es lo que consigues por hacerte el bueno.
Otro paso hacia adelante. Apreté mis labios. Inhalé.
Dicen que cuando vas a morir, tu vida pasa frente a tus ojos con imágenes que ni siquiera recordabas desde hace tiempo. Pero en mi caso, era yo la que recordaba. Y no mi vida básicamente. Si no la que viví con él en esta última hora. El remolino de emociones que tuve que salvar de lo que se supone era mi objetivo principal. Para que después él venga y me diga que las cosas no siempre son lo que deberían ser. Atreviéndose a ganar el lugar de la única persona que no me vio con ojos de monstruo. Enseñándome que al igual que yo, era alguien diferente a lo que lo rodeaba.
Y lo iba a matar.
Otro paso hacia adelante. Podía oírlo respirar. Exhalé.
En mi mente pasó el azul de sus ojos, y el cómo sus tonalidades variaban en cada momento, sin atreverse a perder ese brillo que tanto lo caracterizaba. Ahora con sus párpados cerrados y una gota de sudor cayendo por su cien, me era imposible apreciarlos en todo su esplendor. Qué egoísta.
Y último paso más. Lo vi temblar.
Mi brazo se alzó más, preparándose para descender con fuerza y acabar con todo. Solo eso tenía que pasar. Cortar su carne, verlo desangrar, morir, tomar su alma y regresar con él. Ni siquiera era tan difícil de hacer. ¿Entonces por qué lo sigo pensando?
No debía ser así.
Se suponía que ese era el trato.
Pero mi mente quedó en blanco.
Bajé mi brazo con toda la velocidad posible, justo a donde tenía que caer. Dakota soltó un pequeño gemido por el susto, no se atrevía a abrir sus labios. Al sentir el frío contacto estar en el recoveco entre su cuello y hombro casi salta del susto. Pero la sorpresa que se llevó después los obligó a abrirlos.
Descubriendo que en lugar de una hoja filosa solo estaba mi mano reposando tranquila. Ahora sí podía abrir su boca, tanto que era capaz de apostar que se le desprendería la mandíbula en cualquier segundo. Me miró incrédulo, en busca de una explicación. Quité mi mano para por primera vez, mostrarle algo más que una mirada fría de parte mía. Tal vez lo asusté, quizás lo maraville. Jamás pude entender por qué me miró de esa manera. Pero le había sonreído, débilmente, pero lo hice.
—Tú mismo dijiste que todos pueden desviarse de su verdadero propósito —Desvié la mirada, sintiendo que expresaba melancolía por primera vez en mucho tiempo—. Pero espero no arrepentirme de lo que dejé escapar.
Él solo se quedó ahí. Con una expresión que no terminaba por descifrar, me sentía vulnerable ya que no podía adivinar cuál sería su siguiente movimiento. Una actitud tan natural de aquel remolino de emociones.
Tal vez… estaba terminando por digerir lo que pasó.
Lentamente lo vi deformar sus labios, en una curva que detonaba una sonrisa, abriendo sus labios, mostrando sus dientes. Ahora sí podía saber que estaba feliz.
Y justo antes de devolverle la sonrisa. Se impulsa hacia mí, extiende sus brazos y me atrapa en un extraño pero reconfortante estrujamiento. La mitad de mi rostro se ocultaba en su pecho. Era difícil para mí admitir que era más baja que él, pues reposaba su mejilla en mi cabeza. Está de más decir que su acción me tomó por sorpresa. Pues era un contacto que me parecía lo más íntimo que pudiera haber experimentado.
No había maldad de por medio. El frío se extinguió, él y su propia calidez me rodeaban sin intenciones de dejarme ir. Como si con eso en silencio me estuviera diciendo…
—Gracias… —Sí, su susurró me lo confirmó. Creo que jamás me había latido tan fuerte el corazón.
Yo solo me dejé llevar por esa única vez, sonriendo de medio lado, entrecerrando mis ojos, inhalando su aroma, demasiado dulce para mi gusto, pero nada repugnante. Preparándome para hacer lo mismo y rodearlo con mis brazos.
Pero la luz del sol me lo impidió. El cielo aclarándose, las estrellas desvaneciéndose.
Me devolvió a la realidad con un fuerte golpe en el pecho. Pues tenía prohibido volver después del alba.
Rápidamente me alejé de él. Temiendo por todo.
—Yo… ya debo irme —dije, tartamudeando en el acto.
—¿Por qué? —Parecía consternado.
No podía ocultarle muchas cosas, pero sí revelarle otras más.
Él se enoja cuando demoro en regresar.
La comprensión en sus ojos apareció. Y cierta tristeza lo invadió.
—Entiendo… —Sabía que sería la única vez que nos veríamos.
—Pero, fue un placer conocerte —sonreí de medio lado. Me di la vuelta y comencé a correr lejos de él.
El pecho me volvía a doler. Ahora más que nunca quería quedarme junto a él.
—¡Amaru, espera!
Obedecí. En ese entonces yo ya estaba entre las sombras de los árboles, lista para adentrarme a la oscuridad. No dije nada, intuía que él sabría que debía continuar hablando. Y así fue.
Me expresó una sonrisa, sincera.
—Te dije que no eras mala persona, yo ya lo sabía —En sus palabras percibí eterna gratitud—. Y espero que algún día volvamos a vernos, pero en unas mejores circunstancias —Carcajeó.
Yo hice una pequeña trompa con mis labios, sonriendo en ello. Era increíble que el rostro me doliera por hacer lo que dicen es una muestra total de felicidad.
Tristemente era muy poco probable su esperanza se cumpla.
—Igual yo.
Fue lo último que dije.
Ninguno de los dos se atrevió a decir adiós.
Ni cuando me devolví al bosque. Ni cuando me alejé de su luz.
Fue una experiencia que jamás olvidaría.
Sabía lo que me esperaba al regresar con él, algo muy doloroso, que aunque ya había experimentado antes, nunca dejaba de aterrarme. Ser casi invulnerable no significaba que las heridas que me hicieran no dolieran.
Pero no me arrepentía en absoluto. Desperdiciar su alma… Dakota no se lo merecía.
Lo que aprecié cuando liberamos el alma de la bestia no tenía ni punto de comparación con cualquier cosa que haya visto antes. Aún recuerdo sus luces. Bailando en el aire. Con su gracioso brillo.
Parecía que me presumían algo que anhelaba desde lo más profundo de mí ser. Algo que no sabía que deseaba, algo que tal vez fue lo que llamó mi atención de los ojos de Dakota.
Libertad.
Tal vez por eso no lo maté.
Al final nunca descubriré la razón. No si las emociones seguían siendo tan difíciles de entender.
Seguía corriendo, muy lejos de él. Regresando a ese oscuro mundo que siempre he repudiado pero no podía objetar mi existencia en él. Estaba condenada, ¿no? Por unos momentos mis ojos me picaban, obligándome a parpadear. Sentía que todo era injusto.
Ese dolor. Jamás abandonaría mi pecho después de todo.
Si no lo hizo antes.
No lo haría ahora.
Esa experiencia es lo que me mantiene viva hasta el día de hoy. Aunque haya perdido peso por el hambre y tenga el cuerpo muy adolorido gracias a Pusax Challwan, no podía arrepentirme de nada. Todo había valido la pena para mí. La libertar que viví. Aunque haya sido algo muy breve. Me enseñó que no todo lo que me rodea es malo. Un mundo que aunque nunca lo vuelva a vivir, estará siempre en mi memoria.
Suspiré.
Y esos ojos. La prueba más exacta de que aún existe la inocencia en este podrido mundo.
Reposaba mi espalda en las paredes de piedra de la fosa. Sintiendo más frío que nunca. Pero no podía dejar de sentirme feliz.
La puerta de hierro se abre, levanto la mirada hacia arriba, mirando a esa enorme figura de capa larga hacer presencia en la fosa.
Mi vida volvía a retomar su círculo vicioso. Otra vez, debía empezar de cero. Hacer como si nunca hubiera conocido a ese individuo de resplandeciente ser. Volver a lo que se supone soy.
—Nos vamos —dice con su típica voz de ultratumba. Alejándose rápidamente de la puerta.
Me levanto con dificultad. Vuelvo a suspirar. Resignada.
Todo vuelve a ser normal.
¿Pero cuánto tiempo pasé aquí? ¿Días, meses, años? Quizás fue la última opción, pues jamás me habían parecido tan desconocidos esos cuadros en las paredes del pasillo.
O quizás ya los veía con otros ojos. Ojos…
Era el recuerdo del chico de ojos azules que siempre seguiría en mi mente Devolviéndome a la vida cada vez que me sienta vacía y sin esperanza. Siendo esa mi nueva zona de confort. Una que no compartiría con nadie.
Pues pareciera que cada vez que cruzara por mi mente… La esperanza que Dakota me compartió esa noche, de que algún día nos volveríamos a ver, acaparaba más posibilidades reales que las que no.
—Todos pueden desviarse de su verdadero propósito —Recordé sus palabras. Tan vivas que parecían que me lo decía en persona.
Sonreí.
«Sí… aún hay esperanza» —Pensé en mis adentros.
Aumentando mi sonrisa. Al recordar sus ojos.
—«Y me aseguraré de nunca perderla»
Esa fue una promesa.


FIN

 AUTOR: SALOMÓN VILLALOBOS VELÁSQUEZ.


Comentarios

Entradas populares de este blog

LA VIDA TIENES QUE VIVIRLA SIN TEMOR

NO TE LLEVES A MI HIJO

LA VALENTÍA DE LA FAMILIA DE SIMÓN

EL AMOR DE VERDAD

LA SUERTE DEL VAGABUNDO

UN DESAFÍO EN MI VIDA

LO INESPERADO

MI VIDA IBA A CAMBIAR

LOVE