MONÓCROMO
“El malicioso tiene una
felicidad oscura.”
Víctor Hugo.
Todo
en mi vida siempre fue una monotonía, lo que se supone que viviría por ser su
esclava, cosas que se repetían con la excusa de que me servirá de algo en un
futuro.
Mis
recuerdos… lo que se supone que soy.
Hasta
el día de hoy me parece tan confuso. Nada encaja. No importa cuántas veces lo
piense. Y a pesar de eso, con los años me fui acostumbrando a aquella sensación.
Después
de todo no tengo opción.
Si
su palabra es la que vale.
Pues
es él quien conoce el mundo mejor
que yo, él es quién sabe lo que me
puede lastimar y lo que me puede beneficiar. Su sabiduría es lo que me mantuvo
a salvo desde que desperté en aquella fosa. Fue en ese momento que sentí que
nacía, no había nada que conociera, era insegura, tenía un lienzo en blanco que
hasta la fecha sigue sin tener una justificación.
Y entonces
él apareció, con una capa de rojo
vino que le cubría todo el cuerpo, el dije de oro en el centro era su gancho, y
un sombrero de un tono más opaco ocultaba su rostro, no podía ver más que un
par de ojos ámbar resplandecer.
La
fosa en la que me hallaba era circular, profunda, con una saliente de rocas que
rodeaban las paredes unos metros más arriba, justo a la altura de la puerta,
para que así él pudiera caminar sin
caer hasta donde me encontraba.
El
ambiente húmedo me hacía temblar, y no podía dejar de pensar que algo (además
de él) me observaba desde algún
punto.
Quería
desconfiar, quería buscar una manera de alejarme y salir de ahí. Pero no lo
hice.
Ahora
no sé si arrepentirme…
Todo
lo que pasó después fue el comienzo de una vida que me hizo lo que soy ahora.
Una marioneta dependiente que su creador, alguien que no sirve si él no está.
La
fosa se volvió un refugio para mí, o al menos, lo más cercano que conocía a
uno. Pues él consideraba un castigo
tirarme ahí cada vez que hacía algo malo. Matarme de hambre por días para que
ese instinto nazca y así el juicio nublado me diga que hacer para
complacerlo.
Pero
cuando erraba de verdad, ni mis súplicas podían detenerlo.
Recuerdo
la primera vez.
Cuando
aún era ingenua…
El peor error de mi vida fue decirle que no a una orden suya.
Claro que, en ese entonces era inconsciente de las consecuencias que eso me
traería. Un dolor que ni mi rápida sanación podría aliviar.
Solo bastó que lo hiciera una vez para nunca volver a
decepcionarlo. No me gustaba ese lugar cuando él lo moldeaba para aquel tipo de propósito. Era horrible.
Un infierno que jamás desearía que alguien más viva.
Y si te acostumbras a él, al final deja de doler tanto.
Todo gracias a la monotonía.
Pero ahora todo es diferente, esa inseguridad la dejé de
lado. Todo lo tengo que pensar de la manera más fría posible antes de si quiera
dar un paso. Con la sólida intención de no fallar, de verlo complacido. Es un
círculo vicioso en el que suelo salir perjudicada. Nada cambia. Todo es gris.
Hasta yo. Lo único que hago es cumplir con sus órdenes. Y puedo salir sólo
cuando se me permite. Pero nunca es porque yo lo pida. El mundo de allá afuera
es… extraño. Siempre ha sido extraño.
Y eso que generalmente me expongo de noche. Nunca me digné a
ver una salida del sol. De algún modo u otro me aterraba toda esa luz.
O bueno, siempre lo he recordado así. En todos estos… ¿años,
siglos… milenios?
La verdad no sé cuánto tiempo he vivido a su sombra.
Solo sé que no puedo huir de él aunque quisiera.
Y no quiero.
Pero.
Hubo un día.
Un momento…
Que me hizo pensar que mi vida no siempre tenía que ser así.
Que podía hacer algo bueno por primera vez en mi vida, recibiendo por
recompensa algo muy reconfortante en mi pecho.
Sólo tuve que conocer a ese ser para estar totalmente segura
de ello.
Porque era especial.
Lo era para mí.
Esa noche había luna
llena. Un cielo despejado que brindaba un perfecto panorama de lluvia de
estrellas con nebulosas de diversas tonalidades.
Había salido a lo de
siempre. Hacia el enorme bosque que rodeaba el monumento medieval en el que me
alojaba con él. El pasto era suave
bajo mis pies descalzos, los cuales un largo, pero simple vestido negro los
cubría, así como mis manos eran ocultos por las largas mangas que caían como
gotas de tinta negra, el cuello no lo tenía expuesto, esa vestimenta me lo
cubría. Sobre él, un poncho de un violeta tan opaco que casi era gris. Así como
mi piel, pero esta era pálida, muy pálida. Mi cabello era una especie de
difuminado de gris claro y negro, amarrado en dos coletas que me llegaban hasta
los codos, estás parecían terminar en gotas de tinta que caían cada cierto
tiempo. Mis ojos eran negros. O eso recuerdo la vez que me vi en un espejo hace
ya varios años.
Mi instinto me guio
hacia un claro en el bosque. Pude notar que en el fondo nacían cerros, tan
hermosos y siniestros.
El enorme pastoral se
abría a mí alrededor. Rodeada de grandes árboles. Era lindo así, cuando no
había nadie.
Pero esa paz no era
bienvenida para mí.
Sentí la presencia de
a quién buscaba a los pocos segundos, se acercaba muy rápido desde el oeste.
Pero me alertó saber que alguien más venía consigo. Eran dos. A lo lejos
observé cómo las ramas de unos arbustos se agitaban abruptamente. Dando pase
posteriormente a lo que parecía ser un niño de 14 años. Lucía, asustado.
Pero no me importaba.
No cuando mi centró de
atención hizo presencia detrás de él.
Y ahí estaba mi
monstruo. Sin ojos, pero con un fuerte sentido del olfato y unos afilados
dientes que sobresalen de su boca. Iba en cuatro patas, las cuales poseían
garras grandes. Su tamaño era inmenso.
Entendía por qué aquel
niño lucía tan asustado.
Pero tal parecía que
esta noche me tocaba ser su heroína. Aunque su alma no era lo que él quería. Mi prioridad era la bestia
que se me quedó mirando desde que apareció, dándole la oportunidad a aquel
individuo de esconderse entre una maleza.
La criatura gruño, su
pelaje se erizó. Era una advertencia, me dice: “Lárgate, este es mi
territorio”. Pero puedo percibir su miedo. Sabe lo que soy, por eso está a la
defensiva.
Y no me muevo de mi
lugar.
Eso lo enfurece más.
Raspa las garras de su
pata contra el césped, preparándose, hasta que se impulsa y empieza a correr en
dirección mía. Yo me quedo fascinada con su velocidad a pesar de su gran
tamaño. Y su pelaje, la luna provoca en él un brillo verde agua excepcional. Es
una lástima que tenga que desperdiciar un espécimen como aquel.
No hay misión que me
complazca a mí, sino a él.
A unos metros cerca da
un salto, preparando sus garras para atacarme. Gracias a mis reflejos logré
esquivarlo, y me preparé para intentar hacerle un corte con las largas mangas
de mi vestido en el costado derecho de su vientre, pero apenas y corte unos
cuantos pelos en el acto.
Y no es porque haya
fallado.
Él se movió.
Como dije, estoy
fascinada con su velocidad.
Si pudiera, sonreiría.
Pero solo puedo abrir un poco mi boca y en mis ojos expresar sorpresa.
La criatura aúlla de
dolor, el corte fue leve además de que creo que apenas puedo visualizarlo. Bien
no es por presumir, pero si se trata de mi ataque hasta el más mínimo raspón
puede causar un ardor que la peor de las quemaduras resulta solo una canción de
cuna.
Lo sé porque hay
momentos en que me lastimo sin querer, ni mi rápida sanación es capaz de
aliviarme el tiempo que acostumbro a recuperarme. Es simplemente molesto.
Volviendo a mi asunto
actual.
— ¡Cuidado!
Creo que volví a
distraerme otra vez, pues la bestia va a arremeter contra mí una vez más, ese
ardor de mi corte parece que le nubló el juicio, lo cual lo vuelve más
peligroso. Demonios. Últimamente él me
está enviando a recolectar almas demasiado complejas para mi gusto. Pero si
intento replicar al respecto me ganaré una temporada más en la fosa modificada.
Y no quiero que Pusax Challwan pase un rato con su juguete favorito, siempre le
ha gustado jugar rudo. Lo odio.
La bestia está muy
cerca, intento esquivarlo con un salto, pero antes de alejarme de ese modo la
criatura gira en el último segundo y con fuerza me golpea con su cola,
enviándome a una gran velocidad a impactar contra un árbol. Partiendo este a la
mitad.
Ese dolor, es igual al
de los látigos.
Y ese sonido. No había
sido yo.
Alguien me había
gritado a lo lejos: “Cuidado”.
Abro mis ojos. Y lo
veo. El individuo que la criatura perseguía desde un principio aún estaba aquí,
en la misma maleza en la que creí que se había ocultado con la intención de
escapar posteriormente.
Si él fue el que
gritó, al menos sirvió de algo.
La tierra tiembla bajo
de mí. Levanto la vista, la bestia está corriendo hacia mí sin la más mínima señal
de querer detenerse. Hace saltar las rocas en el acto, gruñía de ira. Fruncía
su ceño, estaba más que fúrico.
Yo no me inmutaba.
A tan solo unos
segundos de su impacto, como si de hielo al sol se tratase, mi cuerpo se volvió
tinta negra pura. Evitando que el ataque de la bestia me destruya y en lugar de
eso impacté contra el árbol en el que reposaba, o al menos, lo que quedaba de
este.
No soy inmortal, a
pesar de los años que tengo viva. Puedo ser vulnerable con ataques letales.
Al momento en que
aquella mancha negra que conformaba mi ser cayó al césped no desaproveché
oportunidad, tome control y me deslicé lo más lejos que pude de aquel animal,
el cual parecía aturdido. Volviendo a tomar mi forma original cuando me sentí
segura.
Hacer algo como esto
me debilita. Pero no tengo muchos recursos para usar como defensa.
Inhalo y exhalo todo
lo que puedo.
Me recupero rápido,
volviendo a mi pose de alerta. Veo como la bestia agita su cabeza de un lado al
otro después de tal impacto, soba su cara con una de sus patas, gimiendo de
dolor.
En eso voltea a verme. Gruñe de nuevo.
En aquel instante
podía ser capaz de jurar que de sus ojos salían destellos. Su pelaje se
erizaba. Y su cuerpo temblaba, pero de ira.
Entreabrió su boca,
solo para dejar escapar una especie de líquido verdoso que parecía emanar humo.
Luego de lo que pareció un carraspeo grave, lo escupió, derritiendo el pasto y
parte de la tierra que hizo contacto con aquella masa líquida.
—Bien, eso es nuevo
—susurré.
Después de lanzar un rugido, la bestia comenzó a correr hacia mí
nuevamente. Di un respingo. Las largas mangas de mi vestido comenzaron a
derramar tinta, clara señal de que estaba entrando en pánico. Por el rabillo
del ojo vi un montículo de rocas a unos pasos de mi posición actual, una de
ellas parecía ser más grande que la palma de mi mano.
Lo cual me dio una
idea.
Tome una de ellas,
envolviéndola con la tinta negra, no sabía si ese pequeño plan funcionaría,
pero necesito despistarlo para poder planear mi siguiente movimiento.
Y no hay mucho tiempo
a la velocidad en la que la bestia se me acerca.
Pues al momento de
dirigirme hacia él nuevamente descubro que está a tan solo unos pasos míos.
Rápidamente lanzo la roca, y con un poco de suerte esta cae en su pata. La
criatura se tropieza, y esta vez lanza un aullido más fuerte que cualquiera que
haya escuchado de él antes, sus ondas sonoras eran tan intensas que me
obligaron a taparme los oídos, pues sentía que en cualquier momento
estallarían.
Debido a eso no me
fije que a causa del tropiezo aquel animal había caído en ese forraje pavimento,
su velocidad obligó al enorme cuerpo arrastrar su lomo, levantando pasto y
tierra en el acto. Se acercaba a mí peligrosamente, no podía detenerse.
Cuando me di cuenta,
no había opción de escape.
No había sido el mejor
de mis planes, porque el que la bestia exhale un aullido tan potente que ni mis
oídos toleren era una contingencia que no pronostiqué. Me sentía muy
decepcionada de mí misma.
Y creía que ese sería
mi fin.
Pero nuevamente
alguien grita.
—¡Cuidado!
Apenas volteo hacia un
costado y me doy cuenta de que el individuo que se la hacía de espectador se
había abalanzado hacía mí en el último instante. Empujándome hacia un punto en
el que la bestia no logre impactar contra mí.
Me había… salvado en
cierto sentido.
Ambos nos tambaleamos
y terminamos en el suelo, entre las hierbas. Me reincorporo con mis brazos solo
para descubrir que la criatura había tenido una fea caída, se encontraba tirada
a unos metros de nosotros, no se movía. Incluso podía ver el humo salir de su
cuerpo.
Pero sé que no está
muerto.
—Cielos, eso fue duro.
¿Te encuentras bien? —Una voz juvenil me habló. Era el individuo. Al mirarlo
descubro que en efecto, era muy diferente a mí.
Creo que lo espanté un
poco, pues parecía sorprenderse cuando vio mi rostro.
No me detengo a verlo
por más tiempo, pues otra cosa llamó mi atención. La bestia, se removió de su
posición, parecía que pronto regresaría de la inconsciencia.
Lo oigo gruñir por lo
bajo.
El individuo a mi
costado suelta un respingo.
—Rayos, creí que ese
había sido el definitivo —Supongo que hablaba de la criatura—. Rápido, hay que
irnos lejos de esa cosa —Me ayudó a levantarme sosteniendo mi brazo, luego bajo
hacia la manga de mi vestido, en donde se supone estaría mi muñeca y me jaló para
trotar hacia un punto de ese bosque en el que la bestia ya no esté a nuestra
vista.
Tal vez el dolor no
está en sus sentidos, o algo le pasa a mis mangas, probablemente este demasiado
débil. Pero me doy cuenta de que tocarme no le afecta en lo más mínimo.
Debió quejarse de una
horrible quemadura desde el primer roce.
Estoy desconcertada.
Y por primera vez le
presto atención.
Su piel brilla, es… de
un tono rosa pero podría confundirse con uno amarillento. Jamás vi algo así. Su
cabello es plomo, no es negro como el mío, pero es fácil diferenciarlo pues es
corto, ondulando y con fleco. Porta una especie de bufanda celeste claro, y un
chaleco verde agua opaco, casi gris, debajo de este, un polo blanco de manga
larga que le llega hasta los codos. Usa unos guantes negros que descubren sus
dedos. En su cabello, reemplazando lo que sería una vincha, diviso unas gafas
grises de lente transparente. Usa unos pantalones anchos que finalizaban hasta
un poco más debajo de su rodilla, color azul oscuro, con un par de bolsillos
sobresalientes. Y unas zapatillas opacas con toques verdes del mismo tono.
Sabía que existían
otros tipos de individuos además de mí y él,
pero jamás imaginé que haría contacto con uno de ellos.
De todos modos, está
retrasando mi misión. Y no tengo permitido volver después del amanecer.
—Alto —Gire un poco mi
muñeca para ser yo la que tome la suya esta vez, me detuve y él conmigo.
—¿Por qué nos…?
—Volteó a verme, en ese momento me doy cuenta de que tiene ojos celestes.
Estaba por formular una pregunta pero se detuvo. Tragó saliva. Extraño—. Duele.
—¿Qué?
Lo escucho aullar
levemente, frunce sus labios. Vuelve a pasar saliva.
—Duele.
No expreso emoción
alguna, pero me siento confundida.
—¿Qué es lo que duele?
No te muestras lastimado.
—Es… tu agarre —Con su
otra mano señala la mía, o al menos, forma que muestra la manga de mi vestido.
Creo que estoy apretando demasiado.
Ahora lo entiendo.
Lo suelto para que
después el individuo suspire aliviado, y pose una mano en su muñeca.
—Cielos, eres muy
fuerte —dijo, aún adolorido.
Yo no supe que
contestar.
—Un “Lo siento” no
está de más —volvió a tomar la palabra. Mirándome con reproche.
De nuevo, estoy
confundida.
—¿Cómo? —preguntó.
—Ya sabes, “Lo
siento”. Una de las palabras mágicas —Luego entrecierra los ojos, mirando hacia
otro lado, como si estuviera meditando una situación—. No espera, esas eran
“Por favor” y “Gracias”. Qué bruto —se dijo a sí mismo.
Suelta una carcajada,
se está riendo. No tiene sentido. Cometió un error al hablar inconscientemente
y luego se ríe al descubrirlo. ¿Quién hace eso?
En eso suspira, aún
con esa sonrisa. Pasa una mano por su nuca, se rasca. Cierra los ojos.
—Pero creo que
empezamos con el pie izquierdo —Me mira. Parece amable—. Luces tímida. Me
presentaré primero —Levanta su brazo, con la mano extendida hacia mí—. Hola, me
llamo Dakota y es un placer conocerte.
—¿Co… nocerme? —Muy
bien, usa palabras que casi no escuchaba.
Me mira ansioso.
—¿Y tú eres…?
—pregunta, aún con la mano en el aire.
¿Quién era yo?
En mi vida me puesto a
pensar al respecto.
Sus palabras me
tomaron desprevenida. Es verdad, no recuerdo tener un nombre propio. O al menos
él jamás me había dado ese tipo de
denominación desde que desperté en la fosa. Siempre eran órdenes claras,
empezando por un “Tú” y luego su argumento. No hubo una palabra que frecuentara
para mí además de…
—Amaru…
—¿Cómo?
Creo que fue la única
vez que me dio una palabra peculiar para así ser llamada. En ese entonces
habíamos recibido un invitado del cual me tenía que encargar. Estaba yo sentada
en el sofá del salón principal, frente a la víctima de ese entonces, un hombre
de tercera edad que parecía no creer a quién tenía en frente. Y él, detrás de mí, alzándose orgulloso
me tomó por los hombros y dijo: “Finalmente encontré al Amaru, me pertenece y
es leal”. Fue hace varios años, pero luego de haber dicho esas palabras me
lancé al individuo sin piedad para tomar su alma, dársela y así complacido
sonrió.
—Creo que soy Amaru.
—Bien, jamás escuché
ese nombre. ¡Pero me gusta! —No lo pude haber imaginado. Sus ojos brillaron—.
Hola Amaru, soy Dakota y es un placer conocerte —Me di cuenta de que aún
extendía su brazo.
—Ya lo dijiste.
—Lo sé, pero ahora lo
vuelvo a hacer —Sonrió de medio lado—. Ahora es tu turno.
—¿De qué?
—¿No es obvio? ¡Pues
de contestar el saludo! —Me miró extrañado—. ¿Acaso no sabes cómo saludar?
—Algo así —Dirigí mi
mirada hacia el césped y luego la devolví a él.
—Entonces hazlo. Solo
tienes que estrechar tu mano contra la mía y decir lo mismo que yo. Así de sencillo.
No. No lo era.
Pero tenía una ligera
idea de lo que ese individuo quería que hiciera.
Además, el piso está
vibrando desde hace rato.
Levanté mi brazo
izquierdo, mi mano no se divisaba bien pues las mangas de mi vestido lo
cubrían. Entonces sostuve la mano contraria, esta vez hice mucha menos fuerza
en el agarre pues es notorio que trato con una criatura débil.
—Eh… —Intenté recordar
lo que dijo—. Hola Amaru, soy Dakota y es un placer conocerte.
Este solo se quedó
ahí.
Yo solo observé como
lentamente sus labios se expandían, deformando su cara, hasta terminar en una
media curva, mostrando sus dientes y la cavidad bucal abierta. Ya sabía lo que
pasaría, y me siento más confundida que antes. Pero luego de lo que me pareció
una eternidad esperando, ese individuo terminó por soltar una fuerte carcajada.
Cerrando sus ojos momentáneamente. Luego le siguieron más risotadas. Aún con su
mano sosteniendo la mía.
Y no parecía querer
detenerse.
—Vaya, cuando te pedí
que dijeras lo mismo que yo no me refería a eso —Apenas parecía poder hablar,
lo hacía entrecortado, pues sus risas no le permitían articular palabras
seguidas—. Sino de que dijeras tu nombre y luego el mío.
Ahora yo quedé como
una tonta.
Pero no me siento
avergonzada.
—Me disculpo.
En eso dejo de reír.
Suelta mi mano y se limpia un pequeño líquido que quiso brotar de su ojo.
—Así que sí te sabes
disculpar —musitó.
El piso vuelve a
vibrar, más fuerte.
—Sé cuándo debo
hacerlo.
Me mira. Asiente y suelta
una “M” sostenida, solo por unos segundos. El viento hace que su bufanda se
ondee. Su fleco se revolotea.
—No eres de por aquí,
¿verdad? —Ahora empieza un cuestionario, mientras se sienta en el pasto—. Yo
vengo de un pueblo por la altura del cerro Kei. ¿Tú… eres de algún otro
continente? —Plasma esos grandes ojos azules con curiosidad sobre mí—. Porque jamás había visto un Monocromo como
tú.
—¿Perdón qué? —Arrugué
mi ceño.
—Un Monocromo, así les
decimos a los que portan un solo color, aunque sea de diferentes tonalidades.
Tú pareces uno negro. Jamás había visto algo así, muchos lucen de rojo, verde,
hasta amarillo. Tú no.
Fue cuando decidí a
sentarme frente a él. Esta conversación se tornaba interesante.
Debía hacer tiempo.
El piso vibra más
fuerte.
—No sabía de eso.
—Se ve que no sales de
casa —Su comentario parecía tener humor, pues no percibí ni un dejo de
seriedad—. En mi caso porto más de un color, aunque mi cabello es negro me
consideran igual un Polícromo —Bajó la mirada, ahora percibí melancolía—. Mamá
suele decir que no quedan muchos como yo.
—Tú brillas —dije al
fin, pues era un detalle que me llamaba mucho la atención.
—Pues sí, se supone
que eso hacen los Polícromos —Lo que decía parecía obvio, al menos para él—. ¿Jamás
viste a alguien con un brillo natural? —Cada pregunta que hacía, lo hacía sin
poder creerse sus palabras. Como si hubiera hecho un fascinante descubrimiento.
—Algunas veces, pero
nunca alguien con más de un color. Por eso estoy intrigada, sorprendida.
Parpadeó.
—Pues ni siquiera
pareces estarlo. No levantas las cejas, o abres más tus ojos, nada. Si no te
conociera diría que eres un robot. Uno muy gris.
—Me disculpo por eso
—Me incliné hacia adelante, como una pequeña reverencia. Saber que hay cosas de
mí que hacen que lo confunda me hace sentir mal.
—Nah, no importa. Eres
un tipo de persona excéntrica, y eso es agradable. Me hace no sentirme solo.
—¿Por qué?
—Porque en donde vivo
me dicen cosas como: “Colorido”, “Niño arcoíris”, entre otros más. Solo porque
porto más de un color. Y no es mi culpa que así sea mi naturaleza —Llevó una
mano hacia su pecho, volvió su melancolía.
—Pues yo soy de un
color si se podría decir. No veo que sea diferente.
—Eso es porque eres
muy oscura, literalmente —Sonrió de medio lado. Valla que cambia rápido de
emociones—. En donde vivo jamás se ha visto un monocromo así como tú, y menos
con esas habilidades. ¿Qué onda con volverte una masa líquida negra? ¡Esto está
bacán!
—¿Te… lo agradezco?
La tierra volvió a
vibrar. Está cerca.
—Jamás he visto ese
tipo de habilidad. Ni siquiera con las bestias.
Yo ya no hablé. En
realidad tenía mucho por decir.
Pero su presencia me
alertó, y no podía perder su atención. A paso sigiloso se aproximaba a
nosotros. Unos metros más y nos alcanzaba. Por fortuna estaba justo detrás de
mí. Si todo salía bien, no tendría que sacrificar al individuo llamado Dakota,
pues no sabría qué hacer con su alma, él
sólo me pidió la de la bestia.
Podía escucharlo
respirar. Gruñir por lo bajo. El cómo las pequeñas ramas bajo sus pies se
quebraban con sus pasos.
Y era increíble que el
individuo delante de mí no lo notara.
—¿Oye qué pasa? —Me
miró con un dejo de preocupación—. Desde hace rato no dices nada.
No sabía que era lo
que tenía que hacer con él, solo me dejé llevar.
—Aléjate.
—¿Qué?
—Aléjate, aléjate más.
Por favor —En casos como este, era imposible alarmarlo. Podía desviar la
dirección de la bestia.
—Bueno —Me hizo caso,
se levantó y se posicionó a unos metros de mi ubicación. Volviéndose a sentar.
No creo poder hacer más por él—. Si se trata de tu espacio personal debo
aclarar que te tardaste solo un poquito en darte cuenta de lo cerca que estaba
d…
Rompió las ramas de
los arbustos y quebró un par de árboles que anteriormente habían sido su
escondite, enviándolos a volar por los aires al mismo tiempo que las rocas.
Saliendo de un salto, extendiendo sus garras, mostrando sus colmillos.
Escurriendo de su boca ese líquido verde que derretía todo. La bestia hizo su
presencia. Todo en cámara lenta. Con la intención de caer sobre mí y atraparme
entre sus fauces.
Lanzando un fuerte
rugido que estremeció todo el bosque.
Pero lo tenía justo
donde quería.
Oí un grito de
sorpresa provenir de Dakota.
En el último instante
mi cuerpo se volvió a disolver en esa tinta negra, evitando una vez más que la
criatura vuelva a cumplir su cometido pues aunque su peso haya caído sobre mi
líquido cuerpo, logré escabullirme lejos de él. Con velocidad tome postura,
respirando agitadamente. La criatura me observa y gruñe.
No me demoro en juntar
mis manos, para que las mangas negras de mi ropa se unan en un largo filo.
Levanto la cuchilla hasta un costado de mi rostro, preparándome, la bestia se
agacha en posición de ataque.
Suspiro.
Me impulso, él
también.
Con velocidad nos
acercamos dispuestos a acertar nuestros golpes. Mi innovada espada cortaba el
césped con su punta cada que avanzaba, y sus colmillos podían romper la tensión
en el aire. Al estar lo suficientemente cerca de su presencia alcé mi arma con
fuerza, ahora todo sucedió tan rápido; fue en el momento en el que corte parte
de su costado que él me rasguño mi vientre. Y la fuerza de los golpes nos alejó
nuevamente.
Dolía bastante. Mi
cuerpo se tambaleaba. Pero no me detuve.
Mis manos aún estaban
unidas. La bestia parecía distraía con la reciente herida provocada por mí.
Era la oportunidad
perfecta.
Mi pie giro un poco, la
firmeza en mis brazos aumentó, fruncí el ceño.
Y lo vi.
El corte en su
costado, sangraba.
No podía dejar de
verlo. El rojo carmín que caía hasta perderse en su vientre en finas líneas.
Me quedé embobada.
Jamás me di cuenta
cuando fue que volví a emprender carrera, solo me descubrí apuntando el filo
hacia su herida. Con determinación, sin ni una pisca de remordimiento. Apretaba
tan fuerte mis dientes que podía escucharlos chillar. No era capaz de gritar
cada vez que me lastimaban, esa se había vuelto una impotente costumbre en mí.
No le di tiempo de
reaccionar a la bestia.
No me di tiempo de
pensar.
Solo vi su sangre y
actué.
Me dejé llevar.
A mí alrededor todo se
volvió rojo, los árboles, el pasto, los arbustos, el cielo, mis mangas.
Entonces lo olfatee, ese olor metálico que siempre me embriagaba, inundando mis
fosas nasales como si de un dulce olor se tratase. Me encantaba. Era una
adicción. Él me dijo una vez que
había desarrollado la sinestesia, y tiene razón, pues pareciera como si ese
aroma me alimentara después de un siglo sin comer. Lo deseaba ni bien lo
percibía. Me hacía sentir bien.
Viva.
—Amaru…
Como si al cumplir una
injusta cadena perpetua la muerte sea mi liberación.
—¡Amaru!
Era algo increíble. En
esos momentos me desconocía totalmente así como a todo lo que me rodea. Solo lo
disfrutan.
Cortaba.
Olfateaba.
Cortaba más.
Olfateaba más.
Seguía cortando.
Seguía olfateando.
—¡Deja de hacer eso,
él ya no se mueve! —gritó una voz.
—¿Eh?
Un agarre en mi brazo
llamó mi atención. Parpadee. Mi boca entreabierta y mis ojos perdidos seguían
viendo rojo.
Pero sentía que algo
rodeaba mi muñeca con fuerza.
—Amaru, responde —Creo
que la voz lanzaba pequeños gemidos al hablar, no eran de dolor… ¿tristeza?
Mi cabeza se movió.
El viento frio me
toco.
Y en todo ese rojo
divisé un par de esferas azules. Intensas.
Parpadee otra vez.
No. El rojo se iba. El
olor se desvanecía.
¿Eso fue un sollozo?
Un último parpadeo.
La bestia se hallaba
inerte, tumbada, con casi todo su cuerpo teñido de rojo, pues la sangre de
muchos nuevos cortes decoraba su anatomía.
Yo me encontraba
sentada frente a él. Al menos, sentía las picaduras del pasto en mis piernas.
—Oye.
Mi visión se aclara
más. Esas esferas azules, al parecer se trataban de los ojos de Dakota.
Los veo empañados, con
esa especie de agua escurrir por sus mejillas.
—¿Amaru?
Lo ignoré. Voltee a
ver a lo que parecía ser el cadáver de la bestia que perseguía.
Al final lo logré. Él se sentirá orgulloso.
—Eso fue extraño —Lo
oí decir.
—¿A qué te refieres?
Me miró nervioso.
—Digo. Es cierto que
me salvaste la vida. Pero tal vez no era necesario matarlo —Desvió la mirada.
—Ese era mi propósito
desde el principio.
Abrió más sus ojos,
estaba sorprendido. Quería decir algo, pero las palabras parecían atragantarse
antes de siquiera salir. Pero al final logró pronunciar una sola sílaba.
—¿Qué?
En eso un brillo llamó
nuestra atención, una esfera rojiza en forma de lengua de fuego brotaba del
pecho del cadáver de la bestia. Alzándose lentamente en el aire.
Y ahí estaba el
premio.
—Esa es su alma
—susurró Dakota.
Yo no perdí el tiempo.
Levanté mis manos y sostuve aquella esfera, evitando su cuso hacia el otro
mundo.
—¿Qué haces? —me
preguntó.
—La necesito.
—¿V-vas a confinarla?
—preguntó temeroso.
—Así es. Es vital para
mí.
—¡No! ¡No puedes hacer
eso! —Su reciente elevación de voz me tomó por sorpresa.
—¿Por qué?
—Esa alma no
descansará en paz.
—No me importa. Si no
se la doy él no me perdonará.
—¿Y quién es él? —sonó firme.
Yo solo tragué saliva.
Me incliné despacio para
después reincorporarme. Cuando ya estaba de pie comencé a alejarme de Dakota a
paso apresurado. Parece que su sola presencia comenzaba a perturbarme. Me
sentía agobiada que era prácticamente imposible no jadear. Quería irme ya,
hacer como que nunca lo conocí.
—¡Amaru, espera!
Lo escuchaba
acercarse. Yo deseaba alejarme.
No lo quería cerca.
—¡Espera, por favor!
Antes de que siquiera
me tocara el hombro. Inhalé profundo. Y en un dos por tres tenía uno de mis
brazos extendido hacia su cuello, con mi manga vuelta una larga cuchilla. Mi
otra mano sostenía el alma, la cual flotaba cerca.
Él levanto sus manos
como acto de reflejo. Pero podía jurar que de sus ojos no había una sola pisca
de miedo.
Eso no me gustó.
—Escúchame. No quiero
terminar por matarte a ti también —comencé mi amenaza—. Así que espero que te
alejes, vuelvas por donde viniste y hagas como si esto nunca hubiera pasado.
—¿Y olvidar todo lo
que pasó?
—Así es.
—¿Y te parece algo tan
fácil de hacer?
—Puedo vivir con ello.
—¡Pero yo no! —Frunció
el ceño.
Yo no baje el filo de
su cuello. Y él no se inmutaba.
—¿Por qué eres tan
extraño? —pregunté al fin.
—Creo que esa sería mi
pregunta —Mantenía sus brazos levantados—. Tú no eres igual a otras personas
que yo haya conocido. Y la verdad, aunque hayas hecho esa atrocidad hace rato,
no me pareces alguien que sea lo suficientemente cruel como para matarme.
—¿Cómo estás tan
seguro? —Creo que nunca había sonado más ansiosa.
—Ya lo hubiera hecho
desde hace rato —sonrió, pues no había manera de refutar—. No eres alguien
mala. Solo una persona con serios problemas de interacción social —bromeó.
Sus palabras me cayeron
como un balde de agua fría. Pero tenía mucha razón. ¿Por qué en vez de intentar
intimidarlo no le corté el cuello? Ya lo hice muchas veces antes. ¿Por qué con
él no?
¿Qué era él
exactamente? ¿Por qué irradiaba esa seguridad que parecía ahuyentarme? No lo
quería.
—Aléjate de mí. Eres
raro y haces que me desvié de mi verdadero propósito.
—Todos pueden
desviarse de su verdadero propósito —No se rendía—. Dime, ¿tú de verdad quieres
confinar esa alma en vez de verla liberarse?
Parpadee. Con mi boca
abierta y las palabras atragantadas en mi boca. Lo detesto. Un simple individuo
era capaz de dejarme sin una respuesta concreta. ¡Lo detesto!
—Yo… jamás me puse a
pensar en ello.
—Cielos… Y… ¿Si quiera
has visto a un alma liberarse?
—No.
—La verdad, yo tampoco
—Lo miré sorprendida—. No hay muchas muertes en donde vivo —Qué afortunado—.
Pero si me das la oportunidad, ambos podremos hacerlo. Ver lo que dicen que es
el acto de liberación más hermoso que no siempre podrás apreciar.
—No puedo hacerlo, él me matará si no le traigo el alma.
—Le tienes mucho miedo
—La mirada vacía que le doy es una afirmación—. ¿De verdad?
—Él jamás se tienta al corazón. Además, lo conozco desde siempre.
—¿Es un pariente tuyo?
—No… —susurré.
—¿Tu vida depende de
él?
—Es… más complicado
que eso.
No dijo nada después.
Solo se quedó ahí, apretando sus labios, expresando en sus ojos total
preocupación, entonces lo volví a ver, la determinación en su mirada que tanto
me aterraba. Entonces, sus manos comenzaron a ascender con lentitud hacia la
cuchilla, sosteniendo con suavidad el filo, procurando no lastimarse. Desde ahí
no se movió, ni trató de hacer que bajara el arma. Solo inhaló profundo, cerro
sus ojos, para después exhalar pesado.
Se tomó su tiempo
antes de volver a hablar.
—Yo por el alma.
Algo en mi pecho
comenzaba a punzar.
Estaba impactada. No
esperaba algo así.
—¿Cómo?
—Que puedes liberar el
alma y te prometo que te daré la mía a cambio. Así no regresarías con las manos
vacías y… él no se molestaría —habló
con un dejo de tristeza, pero la firmeza que gobernaba su hablar me decía a
gritos que no estaba en sus planes retractarse.
Era increíble. Había
logrado captar, en parte, mi situación actual; y aun así no se alejó, pretender
atravesar fronteras que ni yo cruzaría por una simple alma. Una simple alma.
—¿Quieres tomar el
lugar del alma de una criatura que trató de matarte? —Seguía sin creérmelo.
—Sí. Sólo libérala y
dejaré que me mates después.
Mi firmeza disminuyó.
Mi ceño se ablandó. Por todas partes lo busqué, desde sus cejas hasta en la más
mínima expresión de sus labios. No había nada. Ni un tinte de mentira en él. Ni
una señal que me dijera que solo era una farsa. Otra vez vuelvo a entrar en
pánico. Nada tenía sentido. Siempre había tenido la habilidad de captar la
falsedad de una persona, es algo que alguien como yo descubre con mucha
facilidad. Pero con él es todo lo contrario, no puedo encontrarla. Sin importar
qué tanto lo analice. Lo cual solo me deja dos opciones.
O es muy bueno
mintiendo.
O en realidad es lo
más honesto que haya podido decir.
Sin darme cuenta mi
brazo en el que portaba la cuchilla había descendido, con sus manos aun
sosteniéndola.
No sabía qué pensar. Pero
quería confiar en la segunda opción.
—Fue porque tú lo
pediste —musité.
La punzada en el pecho
aumentó.
Él solo asintió.
La cuchilla
desapareció siendo reemplazada por las largas mangas del vestido negro. Mantenía
la mirada serena, pero por dentro era un remolino de emociones que con cada
sacudida parecía derrumbarme. Por instinto, llevé mi otro brazo en el que
sostenía el alma a la altura de mi pecho, colocando mi mano libre debajo de la
primera, tenía la necesidad de actuar lo más delicado posible con aquella
esfera que reposaba en mis manos. Extendí los brazos hacía adelante. En frente
de él.
Después de unos
segundos más, Dakota se decidió por sostener mis manos con las suyas mismas. No
sé por qué, pero no me sorprendió que lo hiciera. Aunque no ignoraré esa
descarga que recibí al sentir su contacto. Al levantar mi mirada solo lo veo
sonreír.
—Creo que será un gran
espectáculo —No parecía asustado, solo tranquilo—. Y tus manos son demasiado
frías —Se rio por lo bajo.
Yo me quedé callada. Sin
comprender qué es lo que estaba haciendo.
Si hubiera respondido
a su pregunta, hubiera dicho que sus manos eran muy cálidas, agradables.
Pero no dije nada.
Creo que estaba asustada.
Y la punzada seguía
creciendo.
En eso descubrimos que
el alma empezaba a brillar, siendo rodeada por una estela rojiza con ciertas
chispas amarillas. Haciendo un precioso contraste mientras se nos iban de las
manos. Alzándose dichosa. Otorgándonos su luz. Parecía como si estuviéramos
frente a una fogata flotante.
¿Era mi imaginación o
acaso las estrellas estaban brillando más que de costumbre?
El brillo era
reconfortante. Y el alma se quedó suspendida por unos segundos más, segundos en
los que ni Dakota ni yo pudimos despegar los ojos de esta.
En eso, por un
instante su luz parpadeó tan intensa que tuve que cerrar mis ojos en ese lapso.
Cuando los volví a abrir, esparciéndose en pequeñas pero resplandecientes
partículas, el alma desvanecía su forma. Comenzamos a ser rodeados de luces
amarillas que flotaban sin rumbo alguno, como si de cientos de luciérnagas se
tratasen. Acaparando el área del bosque en el que nos encontrábamos. Quitando
sus sombras. Acogiéndonos con solidaridad. Incluso podía oír las chispas
mágicas de sus movimientos, el parpadeo de su luz. Eran tantas que ni yo misma
recordaba cuándo había sido la última vez que percibí este resplandor.
Sinceramente, era lo
más sensacional que vi en toda mi vida.
Tanta luz. Tanta paz.
Casi como lo que
percibí en los ojos de Dakota.
Lo había olvidado.
Cuando me volteo para
verlo, descubro que él estaba a unos pasos lejos de mí, sonriendo de oreja a
oreja, mirando cada esfera de luz cuya vista podía captar. Levantaba sus manos,
para que algunas de esas esferitas cayeran en sus palmas y con un pequeño impulso
las ayude a ascender hacia otro rumbo.
Sus ojos azules
poseían un brillo excepcional. De total felicidad y dicha. Brillaban a tal
punto que posteriormente unas pequeñas gotas de agua se escaparon, resbalando
en una de sus rojas mejillas, así, finalizando el recorrido en su barbilla,
perdiéndose en esta.
Rápidamente se la
borró con uno de sus brazos, frotando sus ojos un par de veces.
Lo volví a ver dibujar
una sonrisa en sus labios.
Las luces flotaban,
dirigiéndose hacia el cielo nocturno. Algunas chocaban con las ramas y las
hojas de los árboles. El viendo las mecía majestuosas, en una danza natural
perfectamente coordinada que me obligó a desprenderme de la realidad por unos
segundos. En lo personal, jamás me detuve a observar algo así. Fue algo muy
reconfortante.
Dakota se acercó hacia
mí cuando las luces se alejaban más, ascendiendo a grandes alturas,
balanceándose, parpadeando su brillo. No podíamos perdernos ni un solo instante
de su presencia. Parecía que perdían tamaño mientras más se elevaban. Todas se
alzaban sin detenerse. Formando ahora parte del cielo.
Tomando lugar junto a
las estrellas, acompañándolas en su espectáculo nocturno junto a la luna.
Suspendidas en el firmamento de azuladas nebulosas. Brillando aún más que
antes. En un camino de luces que se perdía a lo largo del cielo. Todo
despejado, sin una nube que nos quite un pedazo de vista de lo que alguna vez
fue un alma que sostuvimos en nuestras manos.
El concepto de
magnífico, sensacional o incluso hermoso se quedaba atrás.
Y por unos momentos
quise sonreír.
—¿No te parece
irónico? —Su voz me obligó a verlo, dándole pase a continuar su relato—
Pareciera como si se dirigieran hacia el Hanan Pacha… pero en realidad es un
viaje para llegar hasta el Uku Pacha, lo cual se supone que está debajo de
nosotros, ¿no? —Sonrió de medio lado.
Bajé un poco la
mirada, no hacia el suelo, en realidad meditaba más en una buena respuesta.
—El mundo del más allá
es algo que nunca podré entender —Parecía más bien que me lo estaba diciendo a
mí misma.
—Sí… —Su tono de voz
me alarmó— Bueno —Extendió los brazos, exponiendo su pecho ante mí—, ya puedes
hacerlo.
—¿Te refieres a que…?
—Mi alma por la suya
—Hizo una mueca con sus labios, tratando de sonreír—. Ese fue el trato.
Abrí más mis ojos,
mirando hacia la nada pero al mismo tiempo a él. Di un paso hacia adelante.
Después de todo sí hablaba en serio, pero si esto era para evitarme la fosa
modificada, pues sería con una gran pena. Alcé mi brazo, formando nuevamente la
cuchilla negra que se sostenía en la manga negra de mi vestido. Dakota solo
cerró sus ojos. Sabía que sería su fin. A mí me parecía lo más triste que
pudiera haber hecho en mi vida. No era la primera vez que mataba a alguien,
pero siendo honestos, no pudo haber encontrado una mejor solución. Supongo que
es lo que consigues por hacerte el bueno.
Otro paso hacia
adelante. Apreté mis labios. Inhalé.
Dicen que cuando vas a
morir, tu vida pasa frente a tus ojos con imágenes que ni siquiera recordabas
desde hace tiempo. Pero en mi caso, era yo la que recordaba. Y no mi vida
básicamente. Si no la que viví con él en esta última hora. El remolino de
emociones que tuve que salvar de lo que se supone era mi objetivo principal.
Para que después él venga y me diga que las cosas no siempre son lo que
deberían ser. Atreviéndose a ganar el lugar de la única persona que no me vio
con ojos de monstruo. Enseñándome que al igual que yo, era alguien diferente a
lo que lo rodeaba.
Y lo iba a matar.
Otro paso hacia
adelante. Podía oírlo respirar. Exhalé.
En mi mente pasó el
azul de sus ojos, y el cómo sus tonalidades variaban en cada momento, sin
atreverse a perder ese brillo que tanto lo caracterizaba. Ahora con sus
párpados cerrados y una gota de sudor cayendo por su cien, me era imposible
apreciarlos en todo su esplendor. Qué egoísta.
Y último paso más. Lo
vi temblar.
Mi brazo se alzó más,
preparándose para descender con fuerza y acabar con todo. Solo eso tenía que
pasar. Cortar su carne, verlo desangrar, morir, tomar su alma y regresar con él. Ni siquiera era tan difícil de
hacer. ¿Entonces por qué lo sigo pensando?
No debía ser así.
Se suponía que ese era
el trato.
Pero mi mente quedó en
blanco.
Bajé mi brazo con toda
la velocidad posible, justo a donde tenía que caer. Dakota soltó un pequeño
gemido por el susto, no se atrevía a abrir sus labios. Al sentir el frío
contacto estar en el recoveco entre su cuello y hombro casi salta del susto.
Pero la sorpresa que se llevó después los obligó a abrirlos.
Descubriendo que en
lugar de una hoja filosa solo estaba mi mano reposando tranquila. Ahora sí
podía abrir su boca, tanto que era capaz de apostar que se le desprendería la
mandíbula en cualquier segundo. Me miró incrédulo, en busca de una explicación.
Quité mi mano para por primera vez, mostrarle algo más que una mirada fría de
parte mía. Tal vez lo asusté, quizás lo maraville. Jamás pude entender por qué
me miró de esa manera. Pero le había sonreído, débilmente, pero lo hice.
—Tú mismo dijiste que
todos pueden desviarse de su verdadero propósito —Desvié la mirada, sintiendo
que expresaba melancolía por primera vez en mucho tiempo—. Pero espero no
arrepentirme de lo que dejé escapar.
Él solo se quedó ahí.
Con una expresión que no terminaba por descifrar, me sentía vulnerable ya que
no podía adivinar cuál sería su siguiente movimiento. Una actitud tan natural
de aquel remolino de emociones.
Tal vez… estaba
terminando por digerir lo que pasó.
Lentamente lo vi
deformar sus labios, en una curva que detonaba una sonrisa, abriendo sus
labios, mostrando sus dientes. Ahora sí podía saber que estaba feliz.
Y justo antes de
devolverle la sonrisa. Se impulsa hacia mí, extiende sus brazos y me atrapa en
un extraño pero reconfortante estrujamiento. La mitad de mi rostro se ocultaba
en su pecho. Era difícil para mí admitir que era más baja que él, pues reposaba
su mejilla en mi cabeza. Está de más decir que su acción me tomó por sorpresa.
Pues era un contacto que me parecía lo más íntimo que pudiera haber
experimentado.
No había maldad de por
medio. El frío se extinguió, él y su propia calidez me rodeaban sin intenciones
de dejarme ir. Como si con eso en silencio me estuviera diciendo…
—Gracias… —Sí, su
susurró me lo confirmó. Creo que jamás me había latido tan fuerte el corazón.
Yo solo me dejé llevar
por esa única vez, sonriendo de medio lado, entrecerrando mis ojos, inhalando
su aroma, demasiado dulce para mi gusto, pero nada repugnante. Preparándome
para hacer lo mismo y rodearlo con mis brazos.
Pero la luz del sol me
lo impidió. El cielo aclarándose, las estrellas desvaneciéndose.
Me devolvió a la
realidad con un fuerte golpe en el pecho. Pues tenía prohibido volver después
del alba.
Rápidamente me alejé
de él. Temiendo por todo.
—Yo… ya debo irme
—dije, tartamudeando en el acto.
—¿Por qué? —Parecía
consternado.
No podía ocultarle
muchas cosas, pero sí revelarle otras más.
—Él se enoja cuando demoro en regresar.
La comprensión en sus
ojos apareció. Y cierta tristeza lo invadió.
—Entiendo… —Sabía que
sería la única vez que nos veríamos.
—Pero, fue un placer
conocerte —sonreí de medio lado. Me di la vuelta y comencé a correr lejos de
él.
El pecho me volvía a
doler. Ahora más que nunca quería quedarme junto a él.
—¡Amaru, espera!
Obedecí. En ese
entonces yo ya estaba entre las sombras de los árboles, lista para adentrarme a
la oscuridad. No dije nada, intuía que él sabría que debía continuar hablando. Y
así fue.
Me expresó una
sonrisa, sincera.
—Te dije que no eras
mala persona, yo ya lo sabía —En sus palabras percibí eterna gratitud—. Y
espero que algún día volvamos a vernos, pero en unas mejores circunstancias
—Carcajeó.
Yo hice una pequeña
trompa con mis labios, sonriendo en ello. Era increíble que el rostro me
doliera por hacer lo que dicen es una muestra total de felicidad.
Tristemente era muy
poco probable su esperanza se cumpla.
—Igual yo.
Fue lo último que
dije.
Ninguno de los dos se
atrevió a decir adiós.
Ni cuando me devolví
al bosque. Ni cuando me alejé de su luz.
Fue una experiencia
que jamás olvidaría.
Sabía lo que me
esperaba al regresar con él, algo
muy doloroso, que aunque ya había experimentado antes, nunca dejaba de
aterrarme. Ser casi invulnerable no significaba que las heridas que me hicieran
no dolieran.
Pero no me arrepentía
en absoluto. Desperdiciar su alma… Dakota no se lo merecía.
Lo que aprecié cuando
liberamos el alma de la bestia no tenía ni punto de comparación con cualquier
cosa que haya visto antes. Aún recuerdo sus luces. Bailando en el aire. Con su
gracioso brillo.
Parecía que me
presumían algo que anhelaba desde lo más profundo de mí ser. Algo que no sabía
que deseaba, algo que tal vez fue lo que llamó mi atención de los ojos de
Dakota.
Libertad.
Tal vez por eso no lo
maté.
Al final nunca
descubriré la razón. No si las emociones seguían siendo tan difíciles de
entender.
Seguía corriendo, muy
lejos de él. Regresando a ese oscuro mundo que siempre he repudiado pero no
podía objetar mi existencia en él. Estaba condenada, ¿no? Por unos momentos mis
ojos me picaban, obligándome a parpadear. Sentía que todo era injusto.
Ese dolor. Jamás
abandonaría mi pecho después de todo.
Si no lo hizo antes.
No lo haría ahora.
Esa experiencia es lo que me mantiene viva hasta el día de
hoy. Aunque haya perdido peso por el hambre y tenga el cuerpo muy adolorido gracias
a Pusax Challwan, no podía arrepentirme de nada. Todo había valido la pena para
mí. La libertar que viví. Aunque haya sido algo muy breve. Me enseñó que no
todo lo que me rodea es malo. Un mundo que aunque nunca lo vuelva a vivir,
estará siempre en mi memoria.
Suspiré.
Y esos ojos. La prueba más exacta de que aún existe la
inocencia en este podrido mundo.
Reposaba mi espalda en las paredes de piedra de la fosa.
Sintiendo más frío que nunca. Pero no podía dejar de sentirme feliz.
La puerta de hierro se abre, levanto la mirada hacia arriba,
mirando a esa enorme figura de capa larga hacer presencia en la fosa.
Mi vida volvía a retomar su círculo vicioso. Otra vez, debía
empezar de cero. Hacer como si nunca hubiera conocido a ese individuo de
resplandeciente ser. Volver a lo que se supone soy.
—Nos vamos —dice con su típica voz de ultratumba. Alejándose
rápidamente de la puerta.
Me levanto con dificultad. Vuelvo a suspirar. Resignada.
Todo vuelve a ser normal.
¿Pero cuánto tiempo pasé aquí? ¿Días, meses, años? Quizás
fue la última opción, pues jamás me habían parecido tan desconocidos esos
cuadros en las paredes del pasillo.
O quizás ya los veía con otros ojos. Ojos…
Era el recuerdo del chico de ojos azules que siempre
seguiría en mi mente Devolviéndome a la vida cada vez que me sienta vacía y sin
esperanza. Siendo esa mi nueva zona de confort. Una que no compartiría con
nadie.
Pues pareciera que cada vez que cruzara por mi mente… La
esperanza que Dakota me compartió esa noche, de que algún día nos volveríamos a
ver, acaparaba más posibilidades reales que las que no.
—Todos pueden
desviarse de su verdadero propósito —Recordé sus palabras. Tan vivas que
parecían que me lo decía en persona.
Sonreí.
—«Sí…
aún hay esperanza» —Pensé en mis adentros.
Aumentando mi sonrisa. Al recordar sus ojos.
—«Y me aseguraré de nunca perderla»
Esa fue una promesa.
FIN
AUTOR: SALOMÓN VILLALOBOS VELÁSQUEZ.
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